Documento de reflexión no derivado de investigación
América como lugar de la pluralidad
America as a place of plurality
Recibido: 10 de noviembre de 2023 / Aceptado: 27 de noviembre de 2023 / Publicado: 17 de diciembre de 2025
Edison Francisco Viveros Chavarría
Forma de citar este artículo en APA:
Viveros Chavarría, E. F. (2025). América como lugar de la pluralidad. Poiésis, (49), 36-46.
https://doi.org/10.21501/16920945.4845
Resumen
Este artículo de reflexión se propuso analizar la noción de acogida en América en la época de conquista. Los conquistadores de América llegaron con la actitud opuesta a la de un filósofo natural como Aristóteles, no la de conocer y aprender de América, sino la de encubrir y dominar para escarbar y extraer. Los conquistadores desconocieron que América ha sido un lugar para la acogida y la pluralidad. La versión en la que se muestra a los pueblos indígenas americanos como incivilizados, atrasados, tontos, ingenuos, incautos o inferiores, no es más que un invento de los conquistadores y de aquellos que, a través del paso de la historia, han sabido reemplazar esta versión por otras en su “mentalidad conquistadora”. Es necesario volver la mirada a nuestro pasado, no para sentir de nuevo la nostalgia del genocidio, sino para reinterpretarlo, reapropiarlo y construir otro presente, otras maneras de fraternidad, nuevos caminos imaginativos y creativos de alteridad.
Palabras clave
Acogida; Alteridad; Conquista de América; Indígenas americanos; Pluralidad; Territorio latinoamericano.
Abstract
This reflexion paper have the purpose analyze the notion of welcoming in America during the era of conquest. The conquerors of America arrived with an attitude opposed to the of a Natural Philosopher us Aristotle, they did not want to know and learn of América, only hide and dominate for dig up and extract. The conquerors ignored that América was and be a place for the reception and the plurality. The version that understands to natives’ peoples us uncivilized, behind, dumb, ingenuous, gullible or lower, is only an invention of the conquerors and of those that across of the history replaced is version for others in the “Conqueror mentality”. Is necessary return the look to ours past, no for feel the nostalgia of the genocide again, also for reinterpret, reappropriate the past and build other present, others way of fraternity, news roads imaginative and creatives of otherness.
Keywords:
Conquest of América; Natives Americans; Otherness; Plurality; Reception; Territory Latin-American.
La actitud encubridora de los conquistadores
Para Aristóteles (1998), en la “Física” (208a), el filósofo natural tiene como tarea estudiar el lugar a partir de dos preguntas: 1) ¿De qué modo es? y 2) ¿qué es? Su actitud es la de aproximarse a los lugares con un deseo de saber acerca de ellos. Para el Estagirita los espacios contienen a los lugares y los lugares a los objetos. Con una actitud como esta la aproximación a América por parte de los conquistadores habría sido la del encuentro con otro mundo que, aunque extraño, posibilitaría aumentar el saber sobre cómo funciona la naturaleza. Los conquistadores de América llegaron con una actitud opuesta a la de un Filósofo natural, no la de conocer y aprender de América, sino la de persuadir, forzar, violentar, encubrir y dominar para extraer, tal como lo expone Rojas (2012) y Rojas (2016). Este último, desde su lugar de historiador, evidencia las estrategias del Imperio español en el siglo XVI para acceder a los depósitos de oro y plata. Tales mecanismos, para el caso del análisis de Rojas, consistieron en la implementación de políticas de pacificación y alianza con grupos indígenas disidentes del Imperio azteca. Esto coincide con Leal (2017), quien expresa la estrategia de esclavitud y explotación con afrodescendientes e indígenas para la obtención de riquezas americanas. No obstante, la intención del conquistador era muy clara: Extraer metales preciosos y someter a quien fuese necesario para tal fin, es decir, su teleología era ambiciosa y dominadora, no fraterna y mucho menos acogedora.
Uno de los ejemplos históricos concretos que permiten reflexionar sobre esta actitud de ambición ilimitada de los conquistadores ocurrió el 16 de noviembre de 1532 cuando Francisco Pizarro secuestró al inca Atahualpa en Cajamarca, Perú. Los soldados españoles escondidos alrededor de la plaza aguardaban atacar a la comitiva indígena conformada por la élite del gobierno inca. Dos fueron las dos principales excusas.
Primero, que Atahualpa no reconociera la Biblia como contenedora de toda la sabiduría del mundo, pues para los indígenas incas la sabiduría estaba en la naturaleza. Segundo, que el territorio, perteneciente al gobierno de Atahualpa, pertenecería desde ese momento al emperador Carlos V, pues había sido entregado a este por el papa de Roma. Esto claramente estaba en contra del imperio Inca, pues dichas tierras habían sido heredadas a Atahualpa por su padre Huayna Cápac. Además, él y su padre eran descendientes del sol, el dios Inca. Por tanto, no coincidía su creencia religiosa con la arbitrariedad y la intención de hurto de los conquistadores. Atahualpa al recibir la biblia en sus manos, entregada por el padre dominico Vicente Valverde, y poner su oído en ella y no escuchar nada de la sabiduría que decía tener el “Requerimiento” —leído por el dominico y traducido por el indígena converso Felipillo— la arrojó al suelo como gesto de rechazo por sentirse engañado.
Por este gesto de repugnancia de Atahualpa ante la biblia, el dominico da la señal a las tropas de Pizarro para que atacaran a la compañía de élite inca. Este hecho histórico no es menor si se tiene en cuenta que la comitiva estaba conformada por más de 10000 personajes pertenecientes a la élite incásica, los cuales estaban totalmente desarmados como efecto del acuerdo hecho entre Atahualpa y Pizarro, tal y como lo explica Roel (2001) y Ospina (2003). El efecto de esta traición de los españoles fue el asesinato de alrededor de 7000 integrantes de la comitiva inca y el secuestro de Atahualpa. Ospina (2003) señala que los soldados de Pizarro eran 168 y cada uno asesinó aproximadamente a 40 incas en esa tarde. Dice Roel (2001):
A la plaza del Tambo de Cajamarca, Atawallpa fue con su escolta de edecanes y con las grandes personalidades que los fueron a acompañar, y que habían venido del Qosqo y de todos los cuatro suyus. A esta trágica cita no lo acompañaron sus soldados, pues, todos ellos estaban replegados alrededor del poblado, al mando del apu Rumiñahui, quien no intervino inmediatamente después de la masacre, por que su jefe y señor había caído en manos de los españoles, y siendo así, las normas le mandaban a no atacar, sino replegarse, y eso fue lo que hizo. (p. 551)
Dice más adelante
¿Y quiénes eran esos grandes señores que acompañaban a Atawallpa? Pues nada menos que todos los miembros del gran Consejo del Tawantinsuyu (Tawantinsuyu Camachico Capanuca), así como los apunuca de los cuatro suyus y los tocricoc que habían sido convocados por el capa apu inca, así como casi todos los willaq umu (o grandes sacerdotes) de las más importantes guacas de todo el territorio, también estaban allí los llaqtacamayocs y hatun kurakas y kurakas de innumerables pueblos. Pero también se hallaban los consejeros de Estado más importantes, que eran todos ellos notables hamutaq (hamautas) y yachac de la más alta consideración. En suma, estaba prácticamente toda la élite del Tawantinsuyu. Y es a toda ella la que se aniquiló esa trágica, espantosa y genocida tarde del 16 de noviembre de 1532. (Roel, 2001, p. 552)
Agrega Ospina (2003) que la habitación que sirvió de celda para Atahualpa era de siete metros de extenso por cinco de amplio. Pizarro exigió que se llenara el cuarto de oro hasta dos metros de alto como precio para que el inca fuera liberado. Una vez pagado este precio Atahualpa, luego de un rápido juicio, fue asesinado por medio de un mecanismo de torniquete llamado “garrote vil”.
Como nos dice Germán Arciniegas (1990), el conquistador estaba convencido de que a su paso iba a encontrar pueblos carniceros, sin posibilidades de refinamiento al estilo europeo, solo podría hallarse brillantez en ellos bajo la tutoría de un amo europeo y sus colonias de pueblos “superiores”. Por tanto, era necesario someterles, aniquilarles y crear una nueva cultura sobre aquella con la que tropezara y no construir una nueva cultura al lado de las que fuese encontrando. El hecho de actuar con ambición es torpe y hace tropezar, la actitud de descubrir es respetuosa y hace acoger para comprender. Por eso, Arciniegas (1990) afirma que el conquistador no descubrió América, sino que la encubrió con su actitud codiciosa, prepotente y pseudoreligiosa. Esta última interpretación puede leerse también en Triviño Anzola (2001) cuando afirma que Arciniegas cuestionó la arrogancia de la cultura europea.
Para Nates Cruz (2011) la Antropología comprende el territorio como una construcción cultural en el que se dan constantemente las prácticas sociales. En él aparecen diferentes intereses, percepciones, formas de valoración y diversas maneras de apropiación que generan complementos, reciprocidades y conflictos. Existen dos formas de abordar el territorio, una que lo usa como medio y objeto de estudio. La otra como cosmogeografía, es decir, como una vinculación espiritual con el territorio. Dice Nates Cruz (2011) que “no existe un territorio en sí, solo existe un territorio para alguien que puede ser un actor social” (p. 211). El territorio es usado socialmente cuando se materializa en apropiaciones culturales como el parentesco, la economía, la salud, la política o la religión, por ejemplo.
Según esto, se puede decir que un lugar habitado por seres humanos genera sentidos de pertenencia vitales para los hombres. Lo que hará la diferencia será la forma de habitarlo según cada sociedad o cultura. En este sentido, la actitud aristotélica no es la de acabar con otros mundos desconocidos para imponer el propio mundo, sino que su perspectiva es la de la inclusión de toda posibilidad de conocimiento de lo extraño para hacerlo dialogar con lo ya conocido. Tal actitud coincide con la que tuvieron los pueblos indígenas de América, expertos en los territorios propios y leales a su experiencia de lugar. Como sostiene Roel (2001), estos tenían una actitud de acogida porque a la llegada del conquistador los pueblos indígenas incas tenían una ley de hermandad y cooperación que llevaba el nombre de “Tawantisuyu” o gran Estado fraternal. Dos actitudes como estas, la de conocimiento en Aristóteles y la fraternidad en los pueblos americanos, habrían dado un resultado diferente al del dominio y el genocidio. De esta manera, el propósito en este escrito es analizar la noción de acogida en América en la época de conquista. En América convergían diversas culturas, fenotipos e idiosincrasias que son efecto de los numerosos y desiguales pueblos que se encontraban en este territorio. Dice Arciniegas (1990) que:
el inca, el azteca o el chibcha fueron tipos superiores en América, porque fueron como indios de tres caras, que subieron a la eminencia de los procesos raciales mezclando sus sangres en tres fuentes distintas. Para llegar al tipo incaico hubo previamente la invasión de una cultura que, arrancando de la vertiente oriental de los Andes, seguramente por la cuenca del Amazonas, llevó al Perú una experiencia contrapuesta a la que tenían los inmigrantes del litoral pacífico, cuando ascendiendo por el flanco occidental de la cordillera se juntaron a los andinos y a los orientales. (p. 18)
Desarrollo: La pluralidad de América como lugar para la acogida
Frente a la llegada del conquistador a América en el siglo XVI, ella mantuvo una actitud fraterna, así lo sostienen pensadores y ensayistas americanistas como Germán Arciniegas (1990), William Ospina (2009; 2003), Virgilio Roel (2001), Pedro Henríquez Ureña (1994; 1997) y Alfonso Reyes (2008; 2007; 2005). No obstante, ante la ambición y la actitud de guerra y sometimiento, los pobladores originales de América también reaccionaron bélicamente, pues estaban entrenados en estrategia militar por las guerras derivadas del conflicto interno entre los diversos grupos indígenas. Este asunto fue aprovechado estratégicamente por los conquistadores, como bien lo muestra Montoya Guzmán (2016). Europa estaba desgastada y hambrienta. América fue su alimento y la principal razón de su resurgimiento. Arciniegas (1990) expresa que el aumento de las riquezas de la Iglesia española hace que se transforme en el siglo XVI la arquitectura primitiva de los templos católicos y se construyan edificaciones inmensas. Es decir, las ciudades europeas antes de la llegada a América
eran todas pobres y estrechas. Tardarían muchos años para que Toledo coronara su catedral, para que Salamanca construyera su plaza y para que los nobles —ahora adinerados— entraran por los halagos del lujo y enriquecieran sus palacios. El siglo del oro de España se llama así porque lo nutrió el oro de América. (Arciniegas, 1990, p. 44)
América fue y es un lugar para la acogida y la pluralidad. Como dice Ospina (2009), a América le ha correspondido mirarse desde fuera de sí misma, hacer juicios desde lo que no era y verse como un objeto distante al fenotipo de los propios familiares. Como a América le ha tocado ver la mezcla de razas y el surgir de guerras, también por eso ha tenido que crecer en medio de prácticas vergonzantes. Sin embargo, América ha sabido abrirse a los otros, por extraños que sean, y acogerlos.
Arciniegas (1990) en su ensayo titulado “América tierra firme” tiene un apartado llamado “De la edad del bejuco a la edad del cerrojo”, allí cuenta la superioridad mental y cultural que tenían los pueblos indígenas sobre los europeos que llegaron a saquear a América. La mentalidad y la actitud de estos últimos era la del hurto y la codicia, basadas en la noción de propiedad privada. Es coherente con un ladrón pensar que lo que le quita a otro es ya de su propiedad y para proteger lo que le ha arrebatado crea la puerta y el cerrojo. Un artefacto extraño para unas comunidades indígenas donde no se robaba nada a nadie. Dice Arciniegas (1990) que
cuando los españoles llegaron a esta tierra, las gentes eran honradas y semicomunistas, y las que pudiéramos decir ‘puertas’, que no lo eran, se amarraban con bejucos. El paso de los bejucos al cerrojo, creo yo, que marca una de las etapas fundamentales del desarrollo de la vida americana. Es, como si dijéramos, la raya que divide las dos épocas: la de la lucha del hombre contra la naturaleza, para pasar a la lucha del hombre contra el hombre. (p. 25)
Como lo sostiene Roel (2001), otro ejemplo de la superioridad de las comunidades indígenas sobre las europeas fue la apropiación del territorio. Era tal esta pericia que el sistema de caminos no tenía comparación con los senderos europeos por la rapidez para transitar de un lugar a otro de forma segura y precisa. La inteligencia para construir artefactos, arquitecturas, caminos, acueductos y especializados sistemas de tratamiento de agua era en las comunidades indígenas algo cotidiano. Por eso, es curioso que para minimizar tal capacidad se proponga la hipótesis del apoyo extraterrestre a estas comunidades indígenas de América.
Sin embargo, la fragilidad también es otro aspecto de esta tierra firme donde creció la acogida y la pluralidad. Dice Roel (2001) que existía un proyecto de hermandad llamado el “Tawantisuyu” que consistía en acoger a los pueblos vecinos luego de invitarlos a unirse al imperio Inca o después de vulnerarlos en la guerra, esta solo era llevada a cabo luego de declarársela entre los contrincantes mismos. Tal vulneración tenía que ver con una apropiación de momias sagradas defendidas por cada comunidad y que representaban el acceso a la sabiduría acumulada desde tiempos ancestrales. Además, para los incas existía una singular forma de entender el tiempo. Los ciclos tenían el nombre de “Pachacutys” y estos eran momentos cruciales o enormes cambios de altísima trascendencia que tenían el significado de un reinicio e inversión de cosas. Estos “Pachacutys” eran normalmente positivos, a excepción del noveno que era de presagio negativo y que coincidió con la llegada de los conquistadores. Roel (2001) afirma que “el primer gran “Pachacuty” . . . ocurrió hace unos 10000 años cuando unos ciertos grupos humanos se semisedentarizaron en el valle” (p. 31) y que a la llegada de los europeos ya habían ocurrido ocho “Pachacutys”. El noveno tenía un carácter trágico que comenzó con las guerras civiles en la sociedad incaica, por ejemplo, entre Wascar y Atahualpa, o el deceso del capac apu inca Wayna Capac, y que antecedieron y beneficiaron a la esplendorosa visita europea del siglo XVI. Dice Roel (2001) que
es en medio de esas disensiones y guerras internas que se produce la inesperada invasión hispánica, que no sólo impidió que siguiera expandiéndose el proyecto tawantinsuyano, sino que lo destruyó en todo su contexto estructural, para dar lugar al humillante e inhumano régimen colonial. (p. 498)
El proyecto tawantinsuyano era de carácter fraterno y no concebía la posibilidad de aniquilación cultural, sino el sometimiento de las fuerzas militares y la aceptación de pertenencia a la gran comunidad incaica. Este proyecto concedía generosas posibilidades de desarrollo agrícola, económico, social y de acervo en sabiduría. Una propuesta opuesta a la europea, que deseaba solo el saqueo a toda costa. Se trata de un momento crucial porque los europeos produjeron un gigantesco genocidio que, según Roel (2001), acabó con el noventa por ciento de los pueblos indígenas. La llegada de los hispanos y demás europeos representó un gran “Pachacuty” regresivo, de retroceso, del cual América no se ha recuperado.
Fue tal la mentalidad de conquista, ambición y aniquilación de los europeos dirigida a los pueblos americanos que desataron todo su accionar retrógrado en diferentes episodios vergonzantes como el de Cajamarca el 15 de noviembre de 1532, el secuestro de Atahualpa, los asesinatos a sangre fría, como las prácticas para asesinar indígenas del distinguido conquistador Alonso Ojeda, o la posterior esclavitud de poblaciones indígenas. La conquista de América es uno de los episodios más vergonzantes de la historia de la humanidad.
Como se mencionó en la introducción, el caso del genocidio de Cajamarca es emblemático. Lo ocurrido estaba distante de los códigos de honor indígenas, dado que no se podía iniciar una batalla sin haber declarado la guerra antes. Lo curioso es que, según Roel (2001), veinte mil indígenas militarmente organizados y su capitán Apo Rumiñahui aguardaban la orden de proteger a su líder y su comitiva, ordenanza que nunca llegó porque supieron del secuestro de su líder y las normas decían que para estos casos no se debía ejercer ninguna estrategia militar sino desplegarse. Luego de masacrar injustificadamente a más de siete mil indígenas, el conquistador de América Francisco Pizarro y sus 168 soldados secuestran a Atahualpa y piden por su rescate una habitación atiborrada con oro y plata.
Esta habitación fue medio llenada con los metales solicitados en menos de siete meses. Finalmente, Atahualpa no es devuelto a su comunidad y es condenado a morir quemado o a convertirse a la religión católica. Este acepta la exigencia pseudoreligiosa, sin embargo, es asesinado bajo el seudónimo de Juan de Atahualpa, nombre asignado por los conquistadores en honor a Juan el Bautista. La forma de asesinarle fue el ahorcamiento, a través de un método llamado el “Garrote vil”, es decir, un torniquete que es lentamente apretado en el cuello hasta dejar sin vida a su víctima.
Este acontecimiento despierta más curiosidad porque los apologetas de los conquistadores europeos insisten en la valentía de los soldados españoles que, en ese momento en Cajamarca, según Ospina (2003), eran 168, se encargaron, luego de su estrategia engañosa, de pasar por sus espadas cada uno de ellos aproximadamente a 40 indígenas desarmados. No cuentan los apologetas de los conquistadores que, cada vez que había posibilidad de enfrentarse con los incas, estos padecían fiebres de miedo por la capacidad militar de los indígenas y el uso certero que tenían para transitar por esa compleja red de caminos y su capacidad estratégica para acertar en el blanco con sus flechas. La capacidad militar de los incas era superior a la de los españoles, portugueses, ingleses, holandeses y alemanes que llegaron a la tierra firme de América. También fueron superiores en su capacidad para ofrecer hermandad y hospitalidad, en lugar de guerra y aniquilación.
América es desde sus inicios un lugar de pluralidad. La versión en la que se muestra a los pueblos indígenas americanos como incivilizados, atrasados, tontos, ingenuos, incautos o inferiores, no es más que un invento de los conquistadores y de aquellos que, a través del paso de la historia, han sabido reemplazar tal versión por otras en su “mentalidad conquistadora”. Es la estrategia de la negación del otro por medio de su encubrimiento y la obstaculización de cualquier actitud que desee comprender lo diferente, lo extraño y hasta lo opuesto para unirse a eso que es distinto. Pero los pueblos indígenas americanos del siglo XVI ya se habían adelantado a esto y se mantuvieron en la esperanza de la unión de pueblos, de la práctica de la ley del “Tawantinsuyo”.
Conclusiones
Pedro Henríquez Ureña (1997) reconoce que en la América del siglo XVI existían centenares de lenguas. Dice él, citando al estudio filológico de Rivet, que eran más de ciento veintitrés familias. La mayoría de ellas aniquiladas y “restituidas” por el castellano. Henríquez Ureña (1997) no solo señala la riqueza en oro y demás metales preciosos, sino el caudal cultural reflejado en sus prácticas cotidianas, lenguas y actitudes de hospitalidad y acogida. Además, el conocimiento sobre estrategia militar era enorme. Dice Henríquez Ureña (1997) que
había pueblos guerreros, como los caribes de las Pequeñas Antillas y la parte septentrional de la América del Sur, entre las tribus de cultura elemental, y los Aztecas, entre los grupos de civilización avanzada; y había pueblos de inclinaciones pacíficas, aunque no ignoraban las artes de la guerra, como los Taínos de las Grandes Antillas y las Bahamas, de cultura sencilla, y los Quechuas del Perú, cuya civilización lleva el nombre de sus gobernantes los Incas. (p. 11)
Otro de los ensayistas americanos fue Alfonso Reyes. En su texto “América” (2007) señala que prefiere hablar de la inteligencia de América, lo que consiste en reconocer la pluralidad incluyente de este continente, que otros han llamado correctamente latinoamericano. Coincido con Alfonso Reyes en que nosotros, los americanos, hemos llegado tarde a los legados de las civilizaciones europeas, tal vez porque desde el principio no fuimos invitados a una conversación, sino a un sometimiento, quizás porque hemos sido observados con desdén, o hemos sentido el desprecio, o posiblemente lo hemos inventado o lo hemos aumentado. No es ese el punto central. Lo que considero relevante son las identidades que podemos construir en diálogo con otros pueblos, incluso América misma es un cúmulo de formas de ser y se hace más fácil entender lo diverso que es vivir con otros.
Reyes (2007) está en lo correcto cuando sostiene que la inteligencia de América está en el “coro” que le subyace. En América conversan un sinnúmero de elementos, por ejemplo, componentes autóctonos, herencias africanas, el idioma español y el portugués, costumbres europeas, actitudes ibéricas, misioneros, religiones como la católica, la protestante, algunas prácticas religiosas orientales o hindúes, aportes de inmigrantes europeos que han decidido quedarse en esta tierra y los diversos mestizajes, entre otros. América es el continente de la esperanza porque en ella habitan opuestos, diversidades, multiplicidades que no se observan en otras partes. Pero también existen en ella diversos conflictos, historias sobre la profundidad de lo que somos y que hoy se narran en la literatura, también desiguales prácticas sociales de aniquilación de los otros con la injusticia o las modernas formas de hacer política. América es el continente del caos. Dice Reyes (2007) que “la laboriosa entraña de América va poco a poco mezclando esta sustancia heterogénea y, hoy por hoy, existe ya una humanidad americana característica, existe un espíritu americano, el actor o personaje, para nuestro argumento, viene aquí a ser la inteligencia” (p. 113).
Finalmente, es necesario volver la mirada a nuestro pasado, no para sentir de nuevo la nostalgia del genocidio, sino para reinterpretarlo, reapropiarlo y construir otro presente, otras maneras de fraternidad, nuevos caminos imaginativos y creativos de alteridad y otredad, diversas maneras de hacer vivir el espíritu del “Tawantisuyu” inca y ponerlo a dialogar con el espíritu europeo, y de otras latitudes contemporáneas como la norteamericana, que luego de la segunda guerra mundial tiene tanto peso para los latinoamericanos. Reconozco la herencia de muchos pueblos en mi sangre, la afrodescendiente, la ibérica, la indígena, la europea y esto me permite ampliar el horizonte de comprensión para tratar de pensar tanto desde mí mismo, como desde la historia de nuestro continente, conservo la mentalidad acogedora y hospitalaria de las entrañas del territorio americano, pues como dice Alfonso Reyes (2007) la fraternidad americana ha de ser una realidad espiritual “una descarga de viento: como un alma” (p. 32).
Conflicto de intereses
El autor declara la inexistencia de conflicto de interés con institución o asociación comercial de cualquier índole.
Referencias
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Nota de autor
Edison Francisco Viveros Chavarría
Magíster en Educación y Desarrollo Humano de la Universidad de Manizales–CINDE. Docente de la Universidad Católica Luis Amigó, Medellín, Colombia. Contacto: edison.viverosch@amigo.edu.co, ORCID: https://orcid.org/0000-0003-0610-4110