Documento de reflexión no derivado de investigación

Cuerpos: vicisitudes corpóreas en la hipermodernidad. Una perspectiva psicoanalítica

Bodies: corporeal vicissitudes in hypermodernity. A psychoanalytic perspective

Recibido: 1 de junio de 2023 / Aceptado: 1 de diciembre de 2023 / Publicado: 21 de julio de 2025

Cristian Daniel Londoño Hernández

Forma de citar este artículo en APA:

Londoño Hernández, C. D. (2025). Cuerpos: vicisitudes corpóreas en la hipermodernidad. Una perspectiva psicoanalítica. Poiésis, (48), 147-154. https://doi.org/10.21501/16920945.4749

“El hombre no piensa con su alma, como lo imagina el filósofo. Piensa porque una estructura, la del lenguaje, recorta su cuerpo y nada tiene que ver con la anatomía” (Lacan, 1977).

Resumen

¿Qué hay del cuerpo?, no de aquel que de manera ingenua asumimos como totalidad de nuestra existencia, sino del mismo que genera la más profunda extrañeza en los actos que llevamos a cabo cada día, el que tenemos como regalo, como regalo del lenguaje. Fue Freud quien, por medio de los síntomas histéricos, reconoció un cuerpo que falla del saber médico acerca del cuerpo y del mismo en relación con este saber. Fue Freud quien descubrió un cuerpo que habita el lenguaje. Con el descubrimiento de Freud se comienza a reconocer un cuerpo que se comporta como si la anatomía no existiese, un cuerpo que encuentra satisfacción por vías que no son las correspondientes al instinto humano, en pocas palabras, un cuerpo que goza —se satisface— en la alteración del instinto.

Palabras clave:

Cuerpo; Deseo; Goce; Hipermodernidad; Inconsciente; Síntoma.

Abstract

What about the body? Not the body that we naively assume as the totality of our existence; but the same one that generates the deepest strangeness in the acts that we carry out every day, the one that we have as a gift, as a gift of language. It was Freud who, through hysterical symptoms, recognized a body that lacks medical knowledge about the body and of the same in relation to this knowledge. It was Freud who discovered a body that inhabits language. With Freud’s discovery, we begin to recognize a body that behaves as if anatomy did not exist, a body that finds satisfaction in ways that do not correspond to human instinct, in short, a body that enjoys —is satisfied— in the evolution of instinct

Keywords:

Body; Desire; Hypermodernity; Jouissance; Symptom; Unconscious.

¿Qué hay del cuerpo?, no de aquel que de manera ingenua asumimos como totalidad de nuestra existencia, sino del mismo que genera la más profunda extrañeza en los actos que llevamos a cabo cada día, el que tenemos como regalo, como regalo del lenguaje. Fue Freud quien, por medio de los síntomas histéricos, reconoció un cuerpo que falla del saber médico acerca del cuerpo y del mismo en relación con este saber. Fue Freud quien descubrió un cuerpo que habita el lenguaje (Freud, 1893). Con el descubrimiento de Freud (1915, como se citó en Leibson, 2018), se comienza a reconocer un cuerpo que se comporta como si la anatomía no existiese, un cuerpo que encuentra satisfacción por vías que no son las correspondientes al instinto humano, en pocas palabras, un cuerpo que goza —se satisface— en la alteración del instinto (Lacan, 1966). Lo que esto nos permite reconocer es que no existe cuerpo sin la imperante incidencia del inconsciente sobre su actuar; inconsciente que años más tarde Lacan (1972, como se citó en Leibson, 2018) nombraría como “estructurado como un lenguaje”. Inconsciente simbólico que se estructura por medio de las palabras, las cuales corresponden a su vez al campo del lenguaje (Lacan, 1953). La naturaleza de la experiencia humana proporciona significantes, y estos estructuran las relaciones de los mismos, modelándolas de acuerdo con un discurso, el discurso del Otro, tal como los dijo Lacan (1953): “El inconsciente es el discurso del Otro”, siendo nosotros tal como hemos sido hablados, siendo según las palabras dichas acerca de nosotros. El cuerpo (imaginario) constituye así una fabricación, una construcción, que se estructura con el tiempo; una adquisición lingüística, una incorporación que es sostenida por el lenguaje (Jaramillo, 2022). El cuerpo así habitaría el lenguaje y constituiría a su vez un lugar de escritura, un recipiente, un prisionero de los sueños de otros (Deleuze & Guattari, 1985).

Para comprender esta idea es necesario reconocer la distinción entre cuerpo y sujeto del psicoanálisis. El cuerpo sería así la imagen virtual que se devuelve a nosotros mismos; respondiendo al campo de lo imaginario y el sujeto, como aquel que se origina por medio de la sujeción al lenguaje, por ende, la sujeción al inconsciente (Peskin, 2023). El sujeto así es aquel que atraviesa la subjetividad y es afectado por el discurso que se plantea desde el inconsciente para sostener un deseo, un deseo que, tal como decía Spinoza, le da razón al hombre: “El hombre es deseo” (Durán & Urriolagoitia, 2019; Espinosa, 1980). Sin embargo, el cuerpo como una realidad, como algo que se constituye, es a su vez afectado por el inconsciente, por este saber que no se sabe, dado que este mismo no existiría sin la incidencia en el cuerpo, siendo los síntomas la prueba fehaciente de ello (Soler, 1994). Ahora bien, siendo el lenguaje el cuerpo que da cuerpo, es del cuerpo del lenguaje del cual nos ocuparemos aquí, siendo este, el que, organizado de manera discursiva, codifica el carácter de las pasiones de los sujetos en la hipermodernidad (Lutereau, 2022).

En el transcurso de la enseñanza de Lacan (1964) se reconoce al Otro como anterior al nacimiento del sujeto, como lugar de la palabra, como el tesoro del significante, el cual inviste a un sujeto con su deseo, con el deseo del Otro. Son ese conjunto de hechos lingüísticos, estructurados a través de un discurso, los que forman un saber, un saber que, como dije con anterioridad, no se sabe, y lleva la huella del signo en la carne, desvitalizándola y convirtiéndola así en el lugar del Otro, del significante (Foucault, 1982; Leibson, 2018). ¿Qué significa ser el lugar del Otro? Significa que es allí, en el cuerpo, donde se escribe la historia de un sujeto, el Otro, como antecedente del mismo configura su relación con el mundo (Miller, 2014). ¿Cuál es la concepción de cuerpo que tenemos en la actualidad? Si bien el deseo para Lacan es el centro de la existencia humana, en la hipermodernidad, ¿cuáles son los deseos que reprimimos y los síntomas que se interponen como respuesta entre nuestros deseos inconscientes y los ideales de la época? (Boxana & Lutereau, 2013).

En la hipermodernidad, el discurso científico y las significativas técnicas de tratamiento de los cuerpos no han podido acabar con la dimensión de goce en el mismo, el cual se posiciona en la existencia de un individuo por medio del síntoma, como una grieta que permite ver, a través de su imperfección, el deseo de un sujeto. Las condiciones de vida hipermodernas, y las políticas del biopoder, buscan producir realidades y, a su vez, gobernar sobre la cronicidad humana, manejando la vida y la muerte como objetos, como mercancía posible de ser tratada de manera generalizada (Zukerfeld, 1998). De esta manera, en el discurso capitalista, el mercado es el nuevo amo y poseedor de la verdad. Es este discurso el que, como nuevo significante primordial para el sujeto, produce pluses de gozar estandarizados, los cuales generan síntomas que se posicionan en el cuerpo, entre ellos la anorexia, la bulimia y la dismorfia corporal, muestras específicas del sinsentido que lleva intrínseco el discurso capitalista, el cual nos aleja cada vez más de lo real de nuestro cuerpo (Fuentes, 2016). Lo real, diría Lacan, es el misterio del cuerpo que habla, el misterio del inconsciente que le implica al sujeto comprometerse al malestar que le aqueja, aunque no sepa de este, inconsciente que se enfrenta a su vez a un discurso que busca contabilizar, inscribir e instrumentalizar ese real, el real del cuerpo (Fuentes, 2016).

Toda experiencia humana se fundamenta en el deseo, deseo de deseo, deseo del Otro, deseo que encuentra satisfacción de alguna manera, sea así mismo por medio del síntoma, tal como relata Lacan (1957-1988) en su seminario “Las formaciones del inconsciente”: “Satisfacción cuyo carácter problemático es bastante marcado, puesto que es también una satisfacción al revés” (p. 320). El síntoma resulta problemático en la experiencia de un sujeto, de un ser hablado, dado que este mismo se satisface por medio del sufrimiento, por medio del dolor (García, 2015). El conflicto existente entre ese deseo que se escapa y el ideal capitalista que busca negar la falta intrínseca en el sujeto desembocan en un sujeto consumidor, un síntoma direccionado al consumo, síntoma que deja al sujeto a merced del discurso capitalista y le impide la mediatización con el saber, con el conocimiento (Ramírez, 2010). Los síntomas en la hipermodernidad son el envoltorio del deseo, pero a su vez, son la manifestación de la falta, de la carencia, de la imposibilidad. La gran diferencia entre la época freudiana y la época hipermoderna radica en que ahora la fantasía aparece primero, como una máscara frente al otro, como un ideal que busca colmar el vacío estructural del sujeto, llevando implícito en este movimiento la pérdida del mismo, la consumación misma de la meta neoliberal (Lutereau, 2015).

¿Cuál es la demanda y el deseo existentes en las miserias hipermodernas? Las miserias hipermodernas emergen como una dimensión especular —“cómo me ves”—, una dimensión que esconde una demanda, demanda de amor (Ramírez, 2010). Las demandas de amor en la hipermodernidad buscan darles a los sujetos una significación para vivir, aun cuando el precio que se paga ante ello es la insatisfacción del propio deseo. Los síntomas que habitamos responden a las miserias imaginarias que dominan nuestra época, políticas e ideales, que lo único que tienen como fin es mantener goces estándar y destruir el lazo social. Incluso cuando estos síntomas en muchos casos respondan a un negativo, al negativo del consumo (Fuentes, 2016). La constante obsesión con el cuerpo, como depositario del goce y del síntoma, pertenece a esta nuestra época, a la hipermodernidad, donde la fantasía de consumo y la negación de la falta nos deja como único resultado la imagen, la corporalidad, la concepción de nuestra carne como totalidad. Más allá de un deseo de nada, en la hipermodernidad se instaura, en el tratamiento de los cuerpos, una nada de deseo, una necesidad por ser una imagen para el Otro, un simple cuerpo, un objeto de posesión, una imagen excitante (Colina, 2006; Hekier & Miller, 1994).

Las miserias hipermodernas son un síntoma de deseo, un discurso que deslocaliza el goce, el cual encuentra, en el cuerpo, la última frontera, la última barrera para colonizar. Ante esto, el psicoanálisis se posiciona como un anti-idealismo, como una posibilidad de hacer vivibles los síntomas, sin negar el valor de los mismos en la constitución del sujeto, y viendo en ellos la única posibilidad de obstaculizar la generalización capitalista, dándole singularidad al goce de cada sujeto, impidiendo así su cuantificación y numeración (García, 2013; Ramírez, 2010). El psicoanálisis trata el malestar, en este caso, el que produce el discurso capitalista buscando instaurar la dimensión subjetiva del síntoma en un sujeto y a su vez valer el goce singular que lo habita, permitiendo la emergencia de lo real de cada sujeto, real que le permitirá sustraerse a los deseos imperantes en el discurso capitalista y comenzar a actuar un deseo propio (Fuentes, 2016).

Si los síntomas hipermodernas se han posicionado en el cuerpo como fenómeno patológico de nuestra realidad, es porque nuestra perspectiva sociocultural crea objetos donde antes había sujetos, intentando, por medio de la objetivación, responder a los ideales de progreso, abundancia y completud de la época, dándole valor mercantil a la experiencia del vivir y sumergiéndose así a la demanda del amor que le permite subsistir, amor que sostiene el deseo del Otro, negando así el deseo propio. El malestar en la cultura hipermoderna degrada al sujeto a objeto y lo reduce a un valor de trueque, de cambio (García, 2013). La nueva realidad hipermoderna le da un tratamiento a la organicidad relativa a la época, la cual afecta la subjetividad de los individuos y los cuerpos de manera significativa. Ahora el cuerpo no constituye una virtud, sino que se fundamenta sobre el engaño, una imagen, que ingenuamente supone ser fuente de verdad y consistencia, al tiempo que busca acabar con su “obsolescencia”. Una figura de divinidad que merece ser modificada para encajar en el tan anhelado ideal, una realidad que enfrenta un destino sin fin, un horizonte sin final; angustioso horizonte que destroza la levedad de la existencia (Pinto, 2021). ¿Serán quizás estas nuevas lógicas contemporáneas las que le den a este significante una redefinición radical? ¿Será esta la nueva verdad del cuerpo hablante?

¿La vida, ¿cuándo fue de veras nuestra? ¿Cuándo somos de veras lo que somos? Bien mirados no somos, nunca somos a solas sino vértigo y vacío, muecas en el espejo, horror y vómito, nunca la vida es nuestra, es de los otros, la vida no es de nadie, ¿todos somos la vida? (Paz, 2008, p. 19)

Conflicto de intereses

El autor declara la inexistencia de conflicto de interés con institución o asociación comercial de cualquier índole.

Referencias

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Notas de autor

Cristian Daniel Londoño Hernández

Estudiante de pregrado en Psicología, Universidad Católica Luis Amigó (Medellín, Colombia). Miembro del Semillero de Investigación en Adicciones y Salud Mental. Contacto: Cristian.londonohe@amigo.edu.co. ORCID: https://orcid.org/0000-0003-3551-4258