La novela policíaca griega en dos tiempos: de Yanis Marís a Petros Márkaris

Greek crime fiction in two times: from Yannis Maris to Petros Markaris

Artículo de reflexión derivado de investigación

DOI: https://doi.org/10.21501/23461780.5310

Recibido: noviembre 27 de 2025. Aceptado: marzo 13 de 2026. Publicado: julio 10 de 2026

Roberto Rodríguez Milán

Resumen

La novela criminal griega aparece durante la Guerra Fría con Crimen en Colonaki (1953), primer relato de Yanis Marís (1916-1979), y vive su edad de oro hasta mediados de los años 1970, cuando el cambio cultural que acompaña a la transición a la democracia propicia un distanciamiento, incluso una ruptura, respecto del pasado inmediato. Marís caería entonces en el olvido y la variante helénica del género policíaco sufriría un parón del que no se recuperaría hasta después de la caída del Muro de Berlín, con la publicación de Noticias de la noche (1995) de Petros Márkaris (1937-). Sin pretensión de exhaustividad, el presente escrito trata de aportar claves histórico-culturales explicativas de las vicisitudes de la novela criminal griega desde el ocaso de Marís hasta la irrupción de Márkaris, y también de identificar cambios y continuidades generales entre ambos relatos fundacionales.

Palabras clave

Atenas; Guerra Fría; Historia reciente; Novela criminal; Nuevo orden mundial; Petros Márkaris; Transición democrática; Yanis Marís.

Abstract

Greek crime fiction takes shape during the Cold War with Yannis Maris’ first tale Murder in Athens (1953), and it lives its golden age until the mid-1970’s, when the cultural change that goes hand in hand with the transition to democracy causes a major rift with the recent past. As a result Maris seems to sink into oblivion, and the Greek variant of crime fiction would come to a standstill which would only end after the fall of the Berlin Wall, with Petros Markaris’ The Late-night News (1995). The present study tries to provide in a non-exhaustive way some historical and cultural explanatory clues about the Greek crime fiction twists and turns from Maris’ decline until Markaris’ debut, and also attempts to identify general changes and continuities between their respective first work.

Keywords:

Athens; Cold War; Recent History; Crime Fiction; New World Order; Petros Markaris; Democratic Transition; Yannis Maris.

Un escenario del crimen en dos tiempos

En 1995 se publicaba Noticias de la noche (Νυχτερινό δελτίο [Nijterinó deltío]), primera incursión del escritor Petros Márkaris (1937-) en la novela criminal. En Grecia pasó desapercibida inicialmente, pero obtuvo un rotundo éxito internacional y quedó así incorporada junto con su autor al canon del género policíaco moderno, el cual experimentaba en aquella sazón un auge comercial (Αποστολίδης, 2010, p. 7; Καλφόπουλος, 2016, 2018, p. 59; Φιλίππου, 2018; Kaisidou, 2017, pp. 118-119; Lemaitre, 2022; López, 2013, pp. 313-314; Μουσμούτης, 2010, p. 3).

A partir de entonces, hablar de novela criminal griega equivaldría prácticamente a tratar del único autor con el que lograba identificársela internacionalmente. Y, salvo una filiación con la denominada “novela criminal mediterránea”, en la senda trazada décadas antes por Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003) (Sánchez & Martín, 2011-2012, pp. 45-54, 2013, pp. 46-62), fuera de Grecia el nombre de Márkaris no suele asociarse al de otros autores griegos de novela criminal, actuales o anteriores, como si de un fenómeno puntual y aislado se tratara.

Sin embargo, todo ello suena a déjà vu, pues ya había un escritor griego que había triunfado con su primera incursión en el género policíaco y que había prosperado en el empeño prácticamente en solitario: en 1953, el periodista Yanis Tsirimokos (1916-1979) ampliaba su presencia en los medios de publicación mediante un relato por entregas titulado Crimen en Colonaki (Έγκλημα στο Κολωνάκι [Énglima sto Colonaki]), que lo convertía en inaugurador de la aportación genuinamente griega al género policíaco. El éxito cosechado le permitiría consolidarse en las décadas siguientes, ya bajo el seudónimo de Yanis Marís, como piedra angular de la llamada edad de oro de la novela criminal griega (Rodríguez, 2024a, pp. 185-194).

A diferencia de Márkaris, cuya destacada presencia en el mercado internacional como autor de novela criminal sería determinante para su posterior recepción en Grecia, el prolongado éxito de Marís se debe a relatos por entregas, que hasta bien entrados los años 1970 aparecen en las páginas de medios de publicación periódicos griegos de talante conservador. Su inmediata popularidad le aseguraría nuevos encargos, una posterior publicación en formato libro y el salto a otros medios como el largometraje y los seriales radiofónicos, pese a lo cual Marís quedaría circunscrito al mercado nacional y a un menguado público de aprendices de griego moderno (Αποστολίδης, 2012, pp. 13-14, 21-28, 53, 118, 121-122; 2013, pp. 9-16; Λεονταρίτης, 2013, pp. 77-85, 103, 125).

En la novela criminal española de la Guerra Fría no se presenta un caso equivalente al fenómeno Marís, pese a afinidades no desdeñables en ciertos aspectos, tales como la representación de las fuerzas de la ley y el orden, que se acentuarían a resultas de la confluencia política e ideológica entre los regímenes de ambos países derivada del golpe de estado de 1967 en Grecia (Rodríguez, 2024b).

Empero, la transición a la democracia que, a mediados de los años 1970, se opera en los dos extremos de la Europa meridional tendría en la novela criminal respectiva un efecto diametralmente opuesto. En España, se observa un cambio radical de paradigma al cual se le atribuye el subsiguiente boom de la novela policíaca española (Sánchez & Martín, 2013, pp. 46-62; Martín & Sánchez, 2017, pp. 2-40; Martín, 2017, pp. 244-247). En cambio, en la otra punta del Mediterráneo se produce un parón que relegaría al olvido a Marís y a la edad de oro inaugurada y encabezada por él, situación que en buena medida se prolongaría hasta la aparición de Márkaris en el panorama literario policíaco, y de ahí la percepción de este último cual fruto de una generación espontánea.

Me propongo aquí ofrecer una breve crónica de lo acontecido entre el ocaso de Marís y la irrupción de Márkaris, así como identificar continuidades y cambios entre los relatos fundacionales de ambos autores, Crimen en Colonaki (1953) y Noticias de la noche (1995). Para ello, esbozo el contexto histórico de ambos autores y títulos, y me centro en su respectivo tratamiento de tres ingredientes fundamentales del género policíaco: la urbe escenario del crimen, el tipo de criminal y el personaje encargado de la investigación.

Abordo el asunto desde el marco teórico y metodológico general de los estudios culturales, atentos de forma constante, crítica y flexible a la cultura popular1, y en perspectiva histórica, a partir de una bibliografía canónica fundamental2. No trato, pues, cuestiones de teoría literaria, teoría del género policíaco o literatura comparada.

Salvo contadas excepciones canónicas —Arthur Conan Doyle (1859-1930), Agatha Christie (1890-1976), Georges Simenon (1903-1989)— el género policíaco ha sido objeto de un desdén prolongado en Grecia por parte del ámbito académico, la crítica literaria, los autores consagrados y las editoriales de prestigio, que aún lo consideran un producto de mera evasión y sin dignidad literaria para el consumo de masas poco exigentes. Reflejo de ese prejuicio cultural son las notables limitaciones que afectan a las fuentes disponibles sobre la novela criminal griega3. Aparte de constatar dicha circunstancia, el presente artículo pretende también contribuir a paliarla.

Baso la elección de los autores y las obras en el consenso de los especialistas griegos, quienes de forma unánime documentan el papel de primer orden que la obra de Marís y Márkaris desempeña en la novela criminal griega. Por extensión, empleo de forma pragmática denominaciones como género policíaco, novela negra o novela criminal.

Dado que a las limitaciones que afectan a las fuentes disponibles sobre la novela criminal griega se agregan las de extensión, el presente escrito no aspira a la exhaustividad y aborda solo los dos relatos fundacionales referidos, a los cuales remite en su traducción al español, tratando de no desvelar tramas ni desenlaces, e indicando las páginas correspondientes de ediciones en su lengua original: Crimen en Colonaki en la traducción de Laura Salas (en lo sucesivo Marís, 2011; y Μαρής, 2021, para la edición en griego moderno aquí manejada), y Noticias de la noche en la traducción de Ersi Marina Samará Spiliotopulu (en lo sucesivo Márkaris, 2008; y Μάρκαρης, 2020, para la edición en griego moderno aquí manejada). Para las citas de cualquier otra fuente, aplicaré mi propio criterio de traducción cuando sea menester, por lo que cualquier error o desatino será responsabilidad exclusiva mía.

Atenas criminal durante la Guerra Fría

Con su primera incursión en el género policíaco, en 1953, Yanis Marís conoce un éxito inmediato e inesperado entre el público lector, éxito que suele atribuirse a que heleniza la novela criminal en varios aspectos. En este análisis nos limitamos a tres: la elección de Atenas como escenario del crimen; la vinculación de la transgresión y sus perpetradores a una circunstancia concreta de la historia reciente de Grecia; y la asignación de la investigación a un representante de las fuerzas del orden de la capital griega.

En Crimen en Colonaki, un célebre pintor aparece asesinado en su lujoso apartamento del céntrico barrio ateniense que da título al relato. El principal sospechoso es un acaudalado corredor de bolsa, cuya esposa mantenía un idilio con el artista. El encargado de resolver el caso es el comisario Becas, aunque no actúa solo, ni siquiera lleva el peso principal: el hijo del presunto homicida inicia sus propias pesquisas con el objetivo de descubrir al verdadero culpable y demostrar así la inocencia de su padre encarcelado. En esta labor lo asisten un par de periodistas y la hija de un antiguo miembro de la resistencia griega durante la Segunda Guerra Mundial, capturado y ejecutado por los nazis tras ser delatado por el pintor.

Atenas constituye el escenario principal del relato, dotada de una identidad y perfiles reconocibles, en particular su centro que, coronado por la Acrópolis bajo el sol del Ática, opera virtualmente como sinécdoque de la urbe en su conjunto. La narración está aderezada con numerosas estampas costumbristas relativas al ajetreo cotidiano, los espacios públicos y los locales frecuentados por destacadas personalidades de la cultura y la élite social, sitos en el corazón mismo de la ciudad y sus áreas adyacentes: la plaza de la Constitución, donde están el Parlamento, el monumento al Soldado Desconocido, la Jefatura de Policía del Ática y hoteles prestigiosos como el Grande Bretagne o el King George; el Parque Nacional; el distinguido barrio de Colonaki.

El marco referencial abarca áreas menos exclusivas, aunque igualmente atractivas, como la del Museo Arqueológico, y se extiende a lugares apartados donde la élite socializa, como el hipódromo de Fáliro, o se retira a su segunda residencia a orillas del Mediterráneo. En suma, la Atenas de Marís se despliega ante el lector como una ciudad moderna, acogedora y primaveral, de días radiantes y animados y de noches fragantes y sedantes, en la que todo se antoja como a tiro de piedra, accesible a pie.

Más allá de eso, la ciudad-escenario no parece contribuir a la trama o a la intriga de forma tangible (Βατόπουλος, 2016, pp. 93-101). No obstante, la elección de la capital no es una mera referencia accesoria o accidental, sino un elemento medular del relato. Desde el título mismo y el primer capítulo, la narración establece la naturaleza propiamente ateniense del crimen, porque hurga en una herida abierta de la sociedad griega del momento: el colaboracionismo con los nazis —no exactamente alemanes ni, desde luego, italianos o búlgaros— durante la ocupación del país por el Eje entre abril de 1941 y octubre de 1944.

Marís no solo se atreve a poner en primer plano a un antiguo confidente del enemigo, sino que lo implica en nuevas tropelías y sitúa su lugar de residencia en pleno centro de la capital, en Colonaki: el barrio donde los de su calaña habían encontrado su nicho junto con los estraperlistas, y que al poco de la liberación había sido defendido por el ejército gubernamental y tropas británicas frente a la resistencia griega durante la Batalla de Atenas, entre diciembre de 1944 y enero de 1945.

Así, tras el final de la guerra civil, en 1949, aquellos beneficiarios de la ocupación gozaban de impunidad, a resguardo de todo escrutinio, denuncia o persecución, disfrutaban sin trabas del producto de sus actividades pretéritas, y aun veían allanada su integración en la sociedad como miembros de una burguesía de nuevo cuño, magra pero influyente, o al servicio de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado.

Para el público lector griego, aquel barrio constituía un punto neurálgico de la capital cuya mera mención simbolizaba la brecha que separaba a sus moradores del resto de la sociedad: “Para esta gente [de Colonaki], Atenas empieza y termina en un solo kilómetro cuadrado”, diría el comisario Becas en el último relato de Marís, El secuestro (1978) (Η απαγωγή [I apagoyí]) (citado por Αποστολίδης, 2012, p. 92). Ese espacio capitalino de los antiguos criminales de guerra se antojaba, pues, relevante y oportuno para el crimen de ficción.

Con el comisario Becas se introduce la figura encargada de la investigación. Marís puebla la trama de personajes que se implican activamente en la labor detectivesca, unos como extensión natural de su profesión, como ocurre con los periodistas, y otros por motivos personales, como el vástago del presunto homicida de Colonaki o la hija del patriota traicionado por un colaboracionista.

Las pesquisas y hallazgos de estos sabuesos improvisados ocupan la mayor parte del relato, permiten incorporar elementos de la novela rosa y causan interferencias o contratiempos útiles a la trama y al suspense, que si por un lado permiten dilatar el relato por entregas, por el otro no resultan determinantes para el desenlace, el cual, en la Grecia de la Guerra Fría, solamente puede correr a cargo de un representante de la ley y el orden (Φιλίππου, 1998, p. 22; 2010, p. 6; 2018, p. 96-98; Μαρτινήδης, 2010, p. 4).

La presencia del comisario Becas es muy discreta: no aparece en primera persona —de hecho, nunca lo hará— y apenas interviene en aproximadamente un tercio del relato. Sin embargo, resulta fácilmente reconocible, pues se lo describe como un griego castizo de mediana edad, de temple y aspecto acordes con su origen provinciano, su extracción social humilde y su rango social en tanto que funcionario perteneciente a un cuerpo de seguridad del estado: “Sincero, honrado, espontáneo y algo primitivo ... fornido y grueso de rostro colorado y anchos bigotes” (Marís, 2011, pp. 24, 165; Μαρής, 2021, pp. 44, 240-241).

Marís lo presenta como un personaje conservador y puritano, aunque ajeno a la política, y “con pinta de tendero trajeado” (Λεονταρίτης, 2013, p. 105). En suma, sería presentado como una caricatura de la quintaesencia del pequeño burgués griego (Αποστολίδης, 2012, pp. 29, 36-39, 41-43). Ese aspecto común lo convertiría en un ciudadano medio, proporcionándole un camuflaje eficaz a su mente despierta, fría y tenaz, y le granjearía el respeto y estima de superiores, subalternos y representantes del cuarto poder, en consonancia con la sociedad jerarquizada a la que pertenece.

De su vida privada —que no interior, ni desde luego íntima— se nos permite atisbar lo imprescindible: su piso no queda lejos del centro de esa Atenas donde todo parece al alcance de la mano, pero hay que ir en automóvil para llegarse a su domicilio, donde reside con su hija adolescente y su esposa, un ama de casa cuyo talento culinario hace las delicias de propios y ajenos.

A tenor del éxito cosechado por Crimen en Colonaki, Marís habría acertado de pleno en su elección de los ingredientes para escribir una novela criminal genuinamente griega. Luego volvería una y otra vez a la fórmula que combinaba Atenas —y especialmente Colonaki— como escenario del crimen, al colaboracionista como criminal de ayer y hoy, y al personaje del comisario Becas como investigador, y ello lo consolidaría como patriarca del género policíaco griego (Αποστολίδης, 2012). No obstante, su particular tratamiento de cada uno de esos tres elementos, en aquel relato fundacional, soslayaba algunas cuestiones cruciales.

Por un lado, la Atenas que proponía resultaba reconocible y grata, y contribuía a conformar su imagen de tarjeta postal susceptible de fomentar cierto orgullo ciudadano en el contexto de un incipiente turismo foráneo con ansias de sol, playa, exotismo moderado y monumentos prestigiosos —fenómeno este al que Marís no era indiferente y que recoge en varios de sus relatos posteriores (Αποστολίδης, 2023, p. 9)—.

Por otro lado, sin embargo, el escenario desplegado resultaba casi tan ficticio como la propia trama criminal, porque Atenas se presentaba idealizada, con un maquillaje que ocultaba cualquier marca o cicatriz de la historia reciente, salvo la representada por Colonaki. Durante los años 1940, la capital había sido escenario de convulsiones en cadena que se sumaban a las ya experimentadas en los años 1920, tras la Catástrofe de Asia Menor4: primero, la ocupación alemana; luego la Batalla de Atenas; a continuación una guerra civil que forzaba nuevos desplazamientos masivos para escapar de la violencia y evacuar la retaguardia, los cuales desembocaban principalmente en Atenas.

Acto seguido, Grecia se embarcaba en la Guerra Fría, a la que su propio conflicto fratricida había contribuido a dar forma, asistiendo a Washington en la Guerra de Corea y asumiendo en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) el papel de dique para contener la “marea roja” en los Balcanes, el Mediterráneo oriental y el interior de sus propias fronteras. Lejos de menguar, el flujo humano hacia el ámbito urbano se mantenía, si bien adoptaba las propiedades de un éxodo rural, de abandono de localidades depauperadas en pos de mejores condiciones de vida.

Sin embargo, nada de ello resulta siquiera rastreable en la Atenas desplegada por Marís en Crimen en Colonaki. De hecho, la única alusión explícita al cambio no se relaciona con el pasado, sino con el porvenir, y aparece en boca de un personaje que, recién llegado tras una larga estancia en París, experimenta cierta zozobra ante el destino en ciernes: “Paseó la mirada por los grises edificios que aún quedaban alrededor de la plaza de Síndagma [plaza de la Constitución]. París mantenía con insistencia sus edificios antiguos. ‘¿Cuántos de ellos existirán dentro de diez años en Atenas?’, se preguntó” (Marís, 2011, p. 53; Μαρής, 2021, p. 85).

En la obra de Marís, la ciudad que registra las secuelas del pasado turbulento se halla a escasos kilómetros de la capital: El Pireo, escenario secundario, se dibuja como su reverso oscuro, deprimido y desatendido, aunque sin justificación, como si su función portuaria constituyera explicación suficiente del lugar, sus gentes y actividades, en los márgenes de la legalidad, cuando no directamente ilícitas. Se trata, así, de un espacio marginal, literal y figuradamente, al que únicamente parece tener sentido desplazarse para efectuar alguna pesquisa detectivesca o acción policial.

Este distanciamiento de Marís respecto de la realidad circundante se observa asimismo en su propuesta del crimen y del criminal. La elección del colaboracionista y de Colonaki resultaba oportuna, porque nadie más se atrevía a hacerlo (Μάρκαρης, 2016, p. 53), y con la caída del antiguo criminal Marís cumpliría con la que Resina (1997) define como “la convención más importante de la novela policíaca: el sentido integrador de la resolución. El desenmascaramiento del culpable no solo restablece el orden sino algo mucho más importante: el consenso sobre la inocencia de todos los demás” (p. 121).

Sin embargo, Marís opta por un uso limitado, aun amortiguado, del recurso, nombrando el pecado —cuya sombra aún se proyecta sobre la sociedad griega de su tiempo—, pero no al pecador. El asunto se apunta, pero no se trata y ocupa una mínima extensión en el relato5; el antiguo colaboracionista queda reducido a mero arquetipo, sin aludir a ningún individuo conocido o perfil reconocible; y el alcance de la investigación en curso queda restringido al crimen actual, que por añadidura se presenta como un hecho aislado e individual, una perturbación puntual y excepcional de la paz y el orden establecidos que resolverá un representante de la autoridad.

Al igual que ocurre con el tratamiento del escenario y del criminal, Marís se mantiene en el terreno de la fabulación a la hora de presentar al personaje encargado de resolver el caso. Describe con eficacia al comisario Becas como “uno de nosotros” y ello contribuye a su popularidad, pero también enmascara la realidad, porque su talante y comportamiento son plenamente novelescos, sin relación alguna con la experiencia cotidiana que de los representantes de la autoridad tiene la sociedad de la época.

Y ello porque Grecia sale de la guerra civil con un régimen formalmente democrático, pero con claros rasgos de estado policial: gendarmería y policía local monopolizan la función de mantenimiento de la ley y el orden, y gozan de lenidad política e institucional en la represión sistemática de izquierdistas y disidentes. Estas prácticas rebasan a menudo los límites de una legalidad ya de por sí coercitiva, con algún episodio particularmente notorio, como el asesinato en Tesalónica, en 1963, del diputado Grigoris Lambrakis.

A la postre, en la obra de Marís priman la ficción, el entretenimiento y la evasión de la realidad. El autor se sabe con libertad para describir con morboso detalle un asesinato, pero se guarda de hacer referencias autobiográficas —a su pasado en la resistencia o a su orientación política socialista— y sortea toda cuestión vidriosa —la corrupción política, policial o judicial; el crimen político; el error judicial; la perversión sexual; los conflictos de grandes intereses; las referencias a altos cargos e instituciones estatales; la crítica o denuncia social; la guerra civil y sus secuelas; o, más adelante, la inestabilidad política de los años 1960— (Κουλετάκη, 2016, pp. 127-131; Μιχαηλίδης, 2016, pp. 119-125).

Como no cesa de repetir Apostolidis (Αποστολίδης, 2012, 2016, 2021, 2023), la obra de Marís se limitaría a adaptar con destreza un puñado de elementos de la novela criminal foránea a la cultura local de evasión, sin rebasar los límites de lo que resulta aceptable decir en la Grecia de la posguerra civil. La única excepción significativa sería el tratamiento del colaboracionista y su vínculo con la élite social ateniense, así como la contraposición tendenciosa entre dicho estrato privilegiado y el resto de la sociedad. Por ende, no ofrecería más que un título plenamente asociable al canon de la novela negra estadounidense: Vacaciones en Mýkonos (1956) (Διακοπές στη Μύκονο [Diakopés sti Mýkono]).

El largo adiós de la novela criminal griega

Durante la década de 1960, el régimen griego comenzó a experimentar cortocircuitos políticos y sociales debidos a las tensiones dentro y fuera de las fronteras: la presión de la siempre presente “amenaza roja” en la extensa frontera septentrional; la larga sombra del aliado turco en el Mediterráneo oriental y las aspiraciones irredentistas en lo tocante a la isla de Chipre; las disfunciones derivadas del modelo de crecimiento económico y la dilatación de las desigualdades sociales; la multiplicación de casos de ilegalidad flagrante e impune en la represión policial; las maquinaciones de determinados sectores de la oficialidad del ejército para prevenir derivas indeseadas en la política nacional; y los desencuentros entre las altas instituciones estatales.

La derecha conservadora que dirigía el país queda abruptamente decapitada cuando el primer ministro Constantino Caramanlís se exilia en París tras serias desavenencias con el trono. Se diluye así el temor a una repetición del cisma nacional que había llevado a Grecia al borde de la confrontación civil durante la Primera Guerra Mundial6; pero la alternativa política viable, de un liberalismo moderado, se revela incapaz de satisfacer tanto las aspiraciones de la izquierda legal —el Partido Comunista de Grecia (KKE) está proscrito tras su derrota en la guerra civil— como las exigencias de la derecha conservadora, y la situación política se torna muy volátil.

En el Estado griego surgido de la guerra civil, la estabilidad en el desempeño de la función de baluarte del llamado “mundo libre” demuestra ser la máxima prioridad, hasta el punto de que, para garantizarla, puede prescindirse del régimen democrático, y además sin que ello acarree repercusiones internacionales demasiado graves. No habían transcurrido ni dos décadas desde el final de la guerra civil cuando, en abril de 1967, Grecia volvía a ser escenario de operaciones militares, ahora de naturaleza golpista.

Paradójicamente, la dictadura resultante, la denominada Junta de los Coroneles, cuya razón de ser consistía en restaurar el orden y garantizar la estabilidad del centinela de Occidente en los Balcanes y el Mediterráneo oriental, provoca con bastante celeridad una situación altamente inflamable que fuerza su desmantelamiento. Desgastada por las pugnas internas, por la represión que sigue a las revueltas estudiantiles de la Politécnica y por la condena internacional resultante, así como por las tensiones derivadas del primer choque petrolero, en verano de 1974 la Junta busca recuperar prestigio en Chipre apoyando un golpe de estado cuyo resultado último debiera ser la anexión de la isla a Grecia.

Ankara reacciona ocupando a sangre y fuego casi un tercio del territorio chipriota, mientras Washington se limita a contener la escalada entre sus dos aliados de la OTAN. Esta crisis resucitaba, además, el espectro del desastre nacional de 1922 en Anatolia —el vecino oriental desencadenado, el aliado occidental que se inhibe, la masacre de civiles y la marea de desplazados— y otorgaba nueva actualidad a viejos miedos —el apetito territorial turco en el Egeo, Tracia y Macedonia oriental—.

No obstante, esa misma crisis también le daba el tiro de gracia a la dictadura y propiciaba la transición exprés a la democracia. La propia cúpula de la Junta le pedía a Caramanlís que regresara del exilio para llevarla a cabo; el último coletazo del antiguo régimen sería “el golpe del pijama” de 19757.

De acuerdo con un destacado estudioso del tema, el escritor Fílipos Filipu (Φιλίππου, 1998), el género policíaco salió prácticamente indemne del septenio dictatorial griego. Durante aquellos años, no faltaron las editoriales que ofrecían títulos de traducción y presentación esmeradas, procedentes de los focos tradicionales del género —en lenguas inglesa y francesa—, pero también de los emergentes, como España, Japón, México, Países Bajos o Suecia. Además, estas publicaciones pasaban de circular en quioscos y puestos ambulantes a ocupar los anaqueles de las librerías, dirigidas, pues, a un público menos amplio, pero más exigente.

La producción nacional, por su parte, se iría transformando de forma natural en novela negra moderna, ya que durante la dictadura el crimen a la vieja usanza cedía terreno frente al auge del novedoso crimen organizado, materia prima por definición de aquel género literario.

En cuanto a Marís —–siempre según Filipu (1998)–—, no había dejado de escribir y cosechar éxitos durante la dictadura, y sus relatos continuaron circulando sin cortapisas, incluso en las cárceles que iban atiborrándose de presos políticos. La Junta consideraba aquellas obras como una forma de evasión aceptable, aparte de que encasillarlas como lectura recreativa permitía proyectar una imagen de tolerancia frente a posturas moderadamente controvertidas —igual que hacían los servicios de inteligencia estadounidenses mediante el patrocinio de la Fundación Ford a artistas griegos de izquierdas sin vínculos con la Unión Soviética—.

Por añadidura, Marís adoptaba ciertas precauciones narrativas. Entre ellas, volvió a jubilar al comisario Becas —ya lo había retirado previamente en el relato de 1964 Caso particular (Ιδιωτική υπόθεση [Idiotikí ypócesi])— y lo puso a investigar por su cuenta y riesgo en El verano del miedo (1971) (Το καλοκαίρι του φόβου [To kalokeri tu fovu]). En otros relatos, Marís resolvía la trama sin presencia ni intervención policial, como en La sonrisa de la pitonisa (1972) (Το χαμόγελο της Πυθίας [To jamóyelo tis pycías]). Y en una tercera categoría estarían los relatos protagonizados por una versión del oficial de policía ya esbozada en títulos anteriores a la dictadura, con aspecto de joven ejecutivo esbelto, atildado y moderno, versión esta muy alejada de la imagen tradicional del famoso comisario Becas, y a distancia sideral de los representantes de la ley y el orden bajo la Junta, como en Cuestión de vida o muerte (1968) (Ζήτημα ζωής ή θανάτου [Sítima soís i zanatu]) (Αποστολίδης, 2012, pp. 39, 105-109, 126; 2023, pp. 14-15, 19, 29; Λεονταρίτης, 2013, 105, 107).

Con la transición a la democracia, el prestigio de Marís no sufriría menoscabo, vería reeditarse sus viejos relatos y publicarse otros nuevos que incorporaban circunstancias históricas proscritas hasta la fecha, como La desaparición de John Avlakiotis (1976) (Η εξαφάνηση του Τζων Αυλακιώτη [I exafánisi tu John Avlakioti]), ambientado en los días de la dictadura de Metaxás durante los años 19308.

Esta lectura continuista se ve matizada por una interpretación más sombría, cuyo principal exponente sería el también el escritor Andreas Apostolidis (Αποστολίδης, 1995, 2009, 2010; en el mismo sentido Κακούρη, 2010, p. 9; Μαρτινήδης, 2010, p. 4). Según esta perspectiva, el cambio político conducente a la democracia tendría su correlato en otros ámbitos de la realidad, como la sociedad y la cultura, y, por extensión, la novela criminal. Así, tras una edad de oro iniciada por Marís en 1953, la novela criminal griega se hunde con la transición a la democracia junto con el resto de la oferta cultural del ocio, por haberse plegado a los imperativos ideológicos de la dictadura, reproduciendo hasta la saciedad una imagen de la realidad cotidiana distorsionada, cuando no directamente artificiosa, rebosante de optimismo patriotero, puritano, misoneísta y pseudocosmopolita.

A ello contribuiría una profunda mudanza en los hábitos de consumo del público, que comenzaba a mostrar preferencia por otros productos y medios: los títulos traducidos, la literatura de contenido político, nuevas modalidades de novela rosa y relatos de acción —ambos con mayor carga de sexo y violencia—, las revistas del corazón y, sobre todo, la televisión, cuya difusión había coincidido en el tiempo con la dictadura, la cual habría privilegiado el nuevo medio para ofrecer entretenimiento popular acorde con su ideario.

Empero, las servidumbres pretéritas y el cambio cultural explicarían solo en parte la travesía del desierto de la novela criminal griega y de su autor capital, Marís. Al fin y al cabo, España experimentaba prácticamente al mismo tiempo idénticos cambios político y cultural, aunque con un efecto de signo opuesto en la novela criminal.

La dictadura griega había convertido en carta blanca la anterior lenidad estatal hacia los abusos de las fuerzas y cuerpos de seguridad, de modo que la represión desencadenada había alcanzado unas cotas inauditas de virulencia, brutalidad y ensañamiento. Pese a todas sus cautelas, la insistencia de Marís en cultivar el género literario con que alcanzara la fama, sumada a su presentación de policías totalmente desconectada de la realidad y la experiencia cotidiana —hasta el punto de falsearla—, terminarían por pasarle factura, antes incluso de la transición, en forma de desapego, y aun rechazo, por parte del público lector, sobre todo entre las nuevas generaciones.

En los años 1980, la novela criminal griega empieza a levantar cabeza de la mano de otros autores, entre ellos Paris Aristidis (1958-), Dimitrios Janós, Stylianós Jaratsís (1928-2003), Yimis Korinis (1937-), Fontas Ladis (1943-), Stylianós Moysidis y Stacis Valukos (1951-)9. En el goteo de títulos, algunos alcanzarían el éxito por méritos propios, como Uno más uno son lo que tú digas (1981) (‘Ενα και ένα κάνουν όσα θες [Ena ke ena kanun osa ces]) de Titina Daneli y Manos Kondoleon, o bien La sonrisa de la Gioconda (1988) (Το χαμόγελο της Τζοκόντα [To jamóyelo tis Gioconda]), de Fílipos Filipu.

En algún caso la notoriedad obedecería a otras circunstancias, como la novela Crimen en el palacio presidencial (1988) (‘Εγκλημα στο προεδρικό μέγαρο [Énglima sto proedrikó mégaro]), de Stelios Kúloglu, de la que llegó a afirmarse que era un plagio de Asesinato en el Comité Central (1981), del escritor español Manuel Vázquez Montalbán (Φιλίππου, 2018, pp. 322-326).

A esta tímida recuperación contribuía un cúmulo de circunstancias convergentes. Por un lado, la crítica y la intelectualidad griegas se veían forzadas a moderar, o aun poner en suspenso, su tradicional desprecio hacia el género policíaco en bloque —tenido por mero subproducto cultural de evasión para masas de consumidores poco exigentes—, a raíz del éxito internacional cosechado primero por El nombre de la rosa (1980), del escritor italiano Umberto Eco, y, a continuación, por la nueva novela criminal dotada de dimensión política y social que eclosionaba al calor de conmociones históricas sucesivas, tales como el asesinato del primer ministro sueco Olof Palme en 1986 y la caída del Muro de Berlín tres años después (Φιλίππου, 2018, pp. 323-324; Μάρκαρης, 2010, pp. 4-5).

Por el otro, la propia realidad cotidiana de Grecia se alineaba con la del resto del mundo y proporcionaba raciones generosas de cuanto constituiría la materia prima de esa moderna novela criminal. El nuevo régimen democrático se afianzaba con la victoria electoral del Movimiento Socialista Panhelénico (pasok) de Andreas Papandréu y se reforzaba mediante el ingreso por la vía rápida en la Comunidad Económica Europea.

Según el escritor Petros Márkaris, también se enquistaba la corrupción en el estado y la sociedad griegos, favorecida por la naturaleza clientelar del aparato estatal y por el sistema de turno político entre dos familias para su gobierno. Esa corrupción se haría patente en el tratamiento de las subvenciones comunitarias, gestionadas como si de dinero negro se tratara, y en la magnitud alcanzada por el fenómeno de la evasión de impuestos (Μπέκος, 2011; Sánchez & Martín, 2011-2012, pp. 46-47).

Luego, la abrupta desaparición del Telón de Acero, a principios de los años 1990, insuflaba nueva vida a viejos miedos y generaba circunstancias muy desconcertantes. Grecia pasaba de experimentar las tensiones propias del mundo bipolar a padecer las derivadas de sus últimos estertores. El fantasma de Anatolia en los años 1920 lo había removido la implacable reacción turca durante la crisis chipriota en verano de 1974. Volvía a agitarse ahora, al cabo de casi dos décadas, si bien asociado al recuerdo de la marea de refugiados que había anegado entonces el país.

Grecia estaba hecha al éxodo rural en el interior y a la salida de compatriotas hacia el exterior: exiliados políticos hacia Europa oriental y la Unión Soviética tras la guerra civil; emigrantes económicos hacia Alemania, Australia o Estados Unidos en las décadas centrales del siglo XX; disidentes hacia Francia tras el golpe de estado de 1967. Sin embargo, con el hundimiento del socialismo real, el país pasaba de ser un muro de contención frente a los estados balcánicos fronterizos, a convertirse en receptor de una inmigración masiva, incontrolada e imparable procedente de antiguas repúblicas soviéticas y de los países colindantes, en particular de Albania, a la que se agregaba un retorno de exiliados griegos. Junto a problemas prácticos de toda índole se propagaban un racismo y una xenofobia de amplio espectro en la sociedad, la administración y las instituciones frente a esa humanidad indeseada y percibida como indeseable.

Por su parte, el colapso de Yugoslavia se haría sentir en Grecia principalmente por dos vías. Por un lado, se reactivaba el antiguo y temido irredentismo eslavo sobre la Macedonia griega y su capital, Tesalónica. Por el otro, esta última ciudad y otros grandes núcleos urbanos del país se transformaban en escenario de formas de criminalidad de naturaleza, proporciones y alcance inéditos: redes de extorsión, tráfico a gran escala de mercancías (tabaco, estupefacientes, combustible y armas), trata y explotación de personas (mano de obra, prostitución), proliferación de grandes centros de ocio nocturno y de guerras entre bandas del crimen organizado.

Luego, y mientras el país parecía incapaz de desembarazarse de lacras de otros tiempos, como la actividad de la organización armada 17 de Noviembre, una serie de nuevas organizaciones criminales restablecía las conexiones balcánicas, se infiltraba y camuflaba en el tejido empresarial y financiero griego, controlaba redes de transportes y comunicaciones, establecía vínculos con la administración pública y ponía en su nómina a miembros del clero, la policía, la vigilancia aduanera, la judicatura y la abogacía —algunos de los cuales se convertirían en auténticas celebridades merced a grandes medios de comunicación de capital privado que hacían de las noticias un espectáculo de masas— (Αποστολίδης, 2009, pp. 310-314).

En 1984, la realidad parecía imitar a la ficción cuando el ateniense barrio de Colonaki se convertía en el escenario de un crimen real que parecía un calco del creado por Marís en su relato fundacional (Λεονταρίτης, 2013, pp. 87-92). Al cabo de una década, todo aquello quedaba definitivamente relegado al pasado. Atenas, su tejido social y su criminalidad eran ya los que radiografiaba Petros Márkaris10.

Atenas criminal tras la caída del Muro de Berlín

En Noticias de la noche, la primera incursión de Márkaris en el género policíaco, corre el año 1993, y en un suburbio de Atenas aparece asesinada una pareja de albaneses. El responsable de resolver el caso es el comisario Jaritos, un funcionario del cuerpo de policía que trabaja expuesto a un entorno laboral hostil, a una considerable presión político-administrativa y al hostigamiento de unos medios de comunicación de masas que cuentan con muchos más recursos, influencia y audiencia que él, y que, para colmo de males, le hacen la competencia en la investigación.

Todo se complica cuando el doble asesinato muestra indicios de estar vinculado a una red de tráfico ilegal de personas desde Europa del Este, y se tuerce al descubrirse el cadáver de la periodista estrella de una importante cadena de televisión, justo cuando se disponía a hacer público el espectacular resultado de sus propias indagaciones sobre el caso.

Atenas es el gran escenario del crimen y las abundantes referencias con que Márkaris construye el relato dan cuenta de su diversidad y magnitud humana, de su envergadura espacial y material, de su indudable potencial para propiciar y fomentar un amplio abanico de actividades ilícitas. Se trata de una ciudad europea de fin de siglo XX, que se extiende imparable en todas direcciones, engullendo localidades y poblaciones aledañas con las que termina conformando un continuo espacial desproporcionado, congestionado y horizontal, donde se difuminan los límites entre los diferentes términos municipales, entre la capital propiamente dicha y su ancho cinturón suburbano, entre los barrios residenciales y los de clase media, y entre éstos y el centro urbano abrumado por la presencia de una creciente población de inmigrantes.

Las distancias entre lugar de residencia y de trabajo son kilométricas, la cantidad de vehículos se antoja exorbitante, el tráfico es caótico y los desplazamientos se eternizan en las arterias principales, entre humos de tubo de escape y bocinazos, sujetos a constantes embotellamientos, empeorados, si cabe, cuando surge algún imprevisto o llegada la hora de aparcar.

Si distancias y desplazamientos son agotadores para quien dispone de vehículo propio, resultan extenuantes para los usuarios del transporte público. Un tren eléctrico de cercanías —al metropolitano aún le queda más de un lustro para hacerse realidad— atraviesa la capital, aunque limitado al eje norte-sur, desde el exclusivo suburbio de Kifisiá, pasando por el centro en un largo tramo subterráneo, hasta emerger de nuevo y finalizar su trayecto en El Pireo. Los demás transportes públicos, anticuados y desatendidos, resultan insuficientes para el caudal de usuarios y dejan muchos barrios y suburbios desabastecidos o prácticamente desconectados; la situación se replica en el caso de la flota de taxis.

La hostilidad del medio se refleja en el factor humano, y el espacio público ateniense parece una “jungla de asfalto”:

Basta con peinar las plazas. Plaza de Omonia, plaza de Vazi, plaza Kotziá, plaza Kumunduru, plaza del Metro en Kifisiá. Plazas... El mundo se ha convertido en un zoológico al revés. La gente está encerrada en jaulas y los animales se pasean por las plazas y nos miran. (Márkaris, 2008, p. 13; Μάρκαρης, 2020, p. 14)

Es la percepción del ciudadano medio encarnado por el comisario Jaritos, personaje principal del relato, que va acompañada de la identificación de su causa principal, el abrumador cambio social que se está operando: “Lo extraño ... es que la mitad de la población de Grecia sea albanesa” (Márkaris, 2008, p. 262; Μάρκαρης, 2020, p. 307)11.

En este contexto, el crimen no se limita a aberraciones individuales y aisladas, sino que forma parte de la naturaleza misma de la Atenas finisecular. La urbe es caldo de cultivo para un amplio abanico de actos y actividades ilícitos, desde la fechoría al delito más sórdido, pasando por el crimen organizado. Autores, cómplices, encubridores y víctimas son individuos de cualquier origen, nacionalidad, sexo, edad, estrato socioeconómico o categoría profesional.

La distancia entre legalidad y justicia sería tan desproporcionada como la propia realidad urbana. Parece cebarse en los más vulnerables, como sería el caso de inmigrantes indocumentados: “desde el momento en que se trata de niños albaneses y no griegos, un buen abogado conseguirá una pena de risa” (Márkaris, 2008, p. 313; Μάρκαρης, 2020, p. 365), se afirma para uno de los principales implicados, de nacionalidad griega.

Mas la corrupción es susceptible de contaminarlo todo y nadie quedaría a resguardo, máxime si los medios de comunicación lanzan una caza de brujas. Así, en el curso de su investigación el comisario Jaritos se topará con múltiples formas del crimen. Es un hombre corriente de su tiempo y condición, de mediana edad, origen provinciano, extracción social humilde, integrante de la clase media de finales del siglo XX en tanto que funcionario del cuerpo de policía, al cual se incorporó siguiendo los pasos de su padre12, y es, por todo ello, de valores conservadores. Está casado y tiene una hija que acaba de abandonar el nido para realizar estudios superiores, lleva una vida personal doméstica y rutinaria, y siente inclinación por la buena cocina casera y la consulta de diccionarios.

En Márkaris, la trama es ficticia, pero todo lo demás se presenta con realismo y verosimilitud. Las múltiples formas de criminalidad medran y acechan en Atenas por doquier: no se limitan a un barrio concreto, a una única modalidad de delincuente, a un único tipo de móvil, a un estrato social determinado, a un ámbito profesional exclusivo; se solapan y son capaces de contaminarlo todo; forman parte de una realidad cotidiana perfectamente reconocible en su cruda descripción, carente de toda idealización o maquillaje.

A mediados de los años 1990 bastaba con salir a la calle, echar una ojeada a los titulares de la prensa expuesta en los quioscos o ver las noticias en la televisión para percatarse de ello. Una realidad que cambia a gran velocidad y en que el orden social y moral no quedan restaurados cuando se cierra el caso, porque la crueldad, la codicia y la corrupción siguen ahí.

No menos verosímil es el encargado de investigar el crimen: el comisario Jaritos es un representante de la ley y el orden de mente despierta, fría y tenaz, pero que no está exento de errores de juicio, en ocasiones serios, y que se mueve en una cuerda floja ética y profesional en su quehacer cotidiano. Se bate por permanecer fiel a su brújula moral y código de conducta personal, por mantenerse íntegro y a la altura del deber, con una mirada crítica sobre la naturaleza humana y la realidad con que le toca lidiar, sin dejar de mostrar sensibilidad ante el sufrimiento humano.

Sus superiores reconocen su valía, pero se limitan a explotar ese potencial, sin implicarse ni comprometerse más allá de lo que dicta el reglamento; y los subalternos pueden no ser lo que aparentan y suponer más un estorbo que una asistencia. En cuanto a los periodistas de la nueva era de los medios de comunicación de masas, no solo no muestran respeto a su persona o su cargo, sino que lo hostigan en su lugar de trabajo, lo ponen en la picota ante la opinión pública y le hacen la competencia en su labor de investigación, con mejores sueldos y medios, y sin las cortapisas deontológicas y los riesgos profesionales a que él está sujeto. No en vano, el propio título de la novela remite en primera instancia al ámbito televisivo, y no a la labor policial o al caso investigado.

Además, Márkaris nos brinda acceso a la vida interior del comisario Jaritos, que narra en primera persona, aportando así una imagen clara de su temple en diversas facetas y circunstancias, de su visión del caso y de multitud de aspectos de su experiencia cotidiana, profesional y personal, incluida su vida íntima, salpimentada con escenas de vida matrimonial y enriquecida mediante confesiones de hondo afecto por su esposa o de amor incondicional por su hija. Un mundo interior y un mundo personal en que Jaritos busca guarecerse de la ponzoña cotidiana a que lo expone su trabajo, arduo y desagradable, y los cuales trata de mantener a resguardo de esa corrupción exterior con que lidia.

Llegados a este punto, hay por lo menos un par de aspectos en que la distancia entre Márkaris y Marís se reduciría. En primer lugar, está el personaje encargado de investigar y resolver el crimen. Aparte de las numerosas y sustanciales coincidencias observables entre el comisario Jaritos y el comisario Becas —de origen y extracción social, de rango socio-profesional, de edad y aspecto, de familia y valores—, ambos comparten el hecho de formarse y madurar personal y profesionalmente en etapas particularmente duras, e incluso coinciden en el tiempo histórico. Comparten asimismo un talante conservador, pero no reaccionario, una distancia frente a la política, desaprueban la violencia y conciben su trabajo como función, no como misión.

Así, en Crimen en Colonaki nada se nos dice sobre el ingreso de Becas en el cuerpo de policía, pero, por edad, debió de ser durante la dictadura de Metaxás, en los años 1930 —relatos posteriores confirmarán que así fue (Αποστολίδης, 2012, pp. 30-31)—. Nada se nos cuenta sobre su actividad durante la ocupación, aunque visto su desafecto por los antiguos colaboracionistas, no fue uno de ellos. Nada sabemos tampoco de su actividad durante la guerra civil, mas para mantenerse en el cargo en la posguerra, hubo de estar en el lado de los vencedores. En cuanto a Jaritos, en Noticias de la noche (1995) se nos explica que ingresa y se forma en el cuerpo de policía durante la Junta, exactamente cuando Becas decide jubilarse.

Todo ello sería indicio de que Márkaris le rinde homenaje al viejo pionero de la novela criminal griega y a su comisario Becas a través de su propio comisario Jaritos, e intervenciones de Márkaris fuera del ámbito estrictamente novelesco irían en el mismo sentido (Μάρκαρης, 2016, pp. 49-57; Αθανασίου, 2023; Δόμαλης, 2022; Κατσουλάρης, 2023; Αντωνιάδης, 2025).

Otro punto de contacto entre ambos autores sería su común utilización de la novela criminal como vehículo para abordar cuentas pendientes de la historia reciente de su país. Marís recordaba la herida abierta infligida por el colaboracionismo, negándose a dejar caer aquel capítulo en el olvido y haciendo que crímenes de ficción socavaran la injusta respetabilidad actual de los traidores de ayer.

Márkaris, por su parte, señala otra herida abierta, no menos profunda y sí más traumática: la reconciliación nacional pendiente entre vencedores y vencidos en la guerra civil, que él ilustra a través del vínculo de humanidad y valores elementales que se forja a lo largo de los años, desde los tiempos de la Junta hasta la Grecia actual, entre un viejo superviviente de la izquierda militante y ese representante del orden establecido que es el comisario Jaritos.

¿Un escenario del crimen para el siglo XXI?

Márkaris no era el único en reivindicar la figura y legado de Marís: en 1995, al mismo tiempo que aparecía Noticias de la noche, Andreas Apostolidis publicaba, él también, su primer relato policíaco, La partida perdida (Το χαμένο παιχνίδι [To jameno pejnidi]). Ambientado en los días que siguen al golpe de estado militar en 1967 —con toque de queda a la puesta del sol y prohibición de formar grupos de más de cuatro personas, que a algunos personajes les recuerdan los días de la ocupación nazi—, el relato de Apostolidis arranca con la aparición del cadáver de un miembro de la alta sociedad, de turbio pasado, en una vivienda de Colonaki, durante los días de primavera en que la capital griega “brilla como una piedra preciosa” (Αποστολίδης, 1995, p. 97).

Los vecinos de la víctima conforman un muestrario de la élite capitalina y andan implicados de un modo u otro en actividades cuanto menos reprobables. El encargado de investigar el caso es un comisario de policía con el aspecto de lechuguino peripuesto que Marís les daba a sus propios representantes de la autoridad durante la dictadura.

Llegado el momento, también el tipo de criminal responderá al modelo de novela criminal de Marís, al igual que hacen la trama laberíntica —más propia de un relato por entregas que de un relato breve o una novela— o la ausencia de referencias a cuestiones delicadas, tales como la política del momento —con la excepción de la filiación promonárquica del comisario, que abandonará el cuerpo tras fracasar el contragolpe del trono contra la Junta en diciembre de 1967—.

Este tributo literario de Apostolidis a la narrativa policíaca de Marís corre paralelo al que igualmente le rinde a través de su extensa labor de investigación y edición. En efecto, el peso de la labor de recuperación de la novela criminal griega de la Guerra Fría lleva asumiéndolo, desde hace tres décadas largas, un cúmulo de individuos procedentes en su mayoría del ámbito de la creación literaria, la traducción y la edición, con el propio Apostolidis en primera línea. A ellos les debemos el conocimiento actual sobre el asunto, el cual, no obstante, parece continuar quedando circunscrito casi exclusivamente a la figura y obra de su autor principal, Yanis Marís, tal y como ya ocurriera en su época dorada (Αποστολίδης, 2012; Φιλίππου, 2018; Καλφόπουλος, 2016; Λεονταρίτης, 2013).

A finales del siglo XX había en Grecia libertad de expresión y una realidad social con circunstancias muy propicias para el cultivo de una novela criminal moderna. No obstante, y como sucediera durante la Guerra Fría, no llegaba a conformarse una nómina nutrida de autores que se animaran a cultivar el género —cabría destacar a Yorgos Alexandrinós, Jristóforos Kásdaglis (1958-), Petros Martinidis (1946-), Yanis Papadópulos (1951-), Aryiris Pavliotis (1942-), Jrisa Spyropulu (1957-) y Myrtó Tapanlí13—. No pocos serán los que se limiten a publicar un único título para luego abandonar el género, o aun desaparecer del mapa literario, y las cifras de lo que va del siglo XXI no harían sino confirmar la tendencia (Αθανασίου, 2023; Φιλίππου, 2018, pp. 345-348, 352-354).

La explicación que suele esgrimirse es que continúa siendo endeble la acogida de la novela criminal griega por parte de público lector, mundo editorial, crítica literaria y autores consagrados: puede haber conquistado las librerías como lugar de distribución, pero no se ha desembarazado de su consideración en términos de “novelucha” o “subliteratura” (Δανέλλη, 2010, p. 11; Φιλίππου, 1998, p. 25; Φιλίππου, 2018, pp. 325-326; Σπυροπούλου, 2010, p. 5). A fin de cuentas, no hay que olvidar que Márkaris pasa inicialmente desapercibido en Grecia y que solamente alcanzará la fama en su propio país como autor de novela criminal tras el reconocimiento cosechado previamente en el extranjero.

En las dos obras fundacionales tratadas, Crimen en Colonaki y Noticias de la noche, Atenas abandona también en el género policíaco el pedestal de la antigüedad clásica y se convierte en un escenario contemporáneo del crimen. Marís elige a un personaje de la historia reciente como delincuente, lo radica en pleno centro de la capital y lo implica en actividades delictivas acordes con las circunstancias de su tiempo, y crea para resolver el caso a un personaje que encarnaría al griego medio según la cultura popular de aquel entonces.

A la postre, escenario, criminal e investigador se mantienen en el terreno de la ficción, igual que la trama: están tan idealizados, lastrados de estereotipos y sembrados de cautelas, aun falseamientos de la realidad cotidiana, que todo termina siendo fabulación. Con el andar del tiempo, los bruscos cambios experimentados por el país harían que una parte sustancial de esa fabulación impidiera ya evadirse, o se tornara simple y llanamente inaceptable.

En un contexto muy diferente, Márkaris opta por helenizar él también la novela criminal, pero va más allá que su predecesor: Atenas es descrita con implacable realismo como una urbe laberíntica desde el punto de vista material y humano, un auténtico polvorín social poblado de espectros del pasado que aún obsesionan a la sociedad y escenario de realidades inéditas, tras el final de la Guerra Fría, que generan nuevas oportunidades para el crimen y siembran el desconcierto y el estupor entre la opinión pública.

El encargado de investigar y, de ser posible, resolver el caso, es un personaje miembro del cuerpo nacional de policía que le debe mucho a su “padre literario”, el comisario Becas de Marís, aunque es menos acartonado y plano, más humano, dotado de un mundo interior que se resiste a la erosión que los avatares de la realidad social y las exigencias de su profesión son susceptibles de causar sobre sus valores morales, y que no sale indemne de la pugna.

Porque un caso es como una muñeca rusa, destapa otros casos, y la resolución, cuando llega, no supone un retorno al orden, dado que las realidades que generan el crimen continúan ahí. La conciencia histórica de Marís está también presente en Márkaris, aunque este último no se ciñe a un capítulo concreto del pasado reciente, sino que abarca dicho pasado en su conjunto y expresa la necesidad de enfrentarlo para sanar.

Para concluir, queda mucho por hacer a fin de obtener una imagen nítida de la novela criminal griega en su conjunto, que incorpore, además, una valoración sistemática de las aportaciones creativas y cualidades literarias de sus distintos autores. Aparte de ganarles terreno a las limitaciones que, como se ha referido, aún afectan a las fuentes disponibles para el estudio de la novela criminal griega, ello permitiría estudios comparados entre esta última y la cultivada en otras latitudes que no se limitaran al imprescindible Márkaris14.

Asimismo, un mayor conocimiento crítico de esta producción podría contribuir igualmente a estimular el interés por la traducción al español de más títulos griegos del género policíaco: obras de indudable interés y profesionales capacitados para acometer esa labor no han de faltar.

Conflicto de interés

El autor declara la inexistencia de conflicto de interés con institución o asociación de cualquier índole. Asimismo, la Universidad Católica Luis Amigó no se hace responsable por el manejo de los derechos de autor que los autores hagan en sus artículos, por tanto, la veracidad y completitud de las citas y referencias son responsabilidad de los autores.

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Nota de autor

Roberto Rodríguez Milán

Doctor por la Facultad Filosófica de la Universidad Nacional y Capodistríaca de Atenas, Grecia. Profesor colaborador en la Universidad Abierta de Grecia (Hellenic Open University), Patras, Grecia. Correo electrónico: robrod_es@yahoo.es, ORCID: https://orcid.org/0000-0002-1876-467X


  1. 1 Para los estudios culturales y su prolongado interés por la cultura popular: Cañero, 2002, pp. 89-108; During, 2005, pp. 193-207; Estévez, 2001, pp. 89-106; Glondys, 2017, pp. 171-204.

  2. 2 Para una introducción a la historia contemporánea de Grecia, Koliopoulos y Veremis, 2002; Σβορώνος, 1999. Para la Catástrofe de Asia Menor en los años 1920, Veiga, 2002. Para la década bélica de 1940, Iatrides, 1981; Mazower, 1993. Para Grecia entre el estallido de la guerra civil, en 1947, y el golpe de estado, en 1967, Λιναρδάτος, 1977-1986. Para la implicación del ejército nacional y los Estados Unidos en la vida política griega durante la Guerra Fría, Jones, 1997; Παπαχελάς, 1997; Veremis, 1997. Para una aproximación comparada entre la Catástrofe de Asia Menor, años veinte, y la crisis de Chipre, años setenta, Παναγιωτήδης, 2024. Para contribuciones en español a la historia contemporánea de Grecia, Fernández, 1995; Rodríguez, 2008, 2025b.

  3. 3 Para los límites de las fuentes disponibles sobre la novela criminal griega y su rechazo por parte de la cultura establecida, Δανέλλη, 2010, p. 11; Φιλίππου, 1998, p. 25; Φιλίππου, 2018, pp. 325-326; Σπυροπούλου, 2010, p. 5; Rodríguez, 2024a, pp. 186, 191-192.

  4. 4 En 1922, Grecia sufría una fulminante derrota militar ante Turquía, entre cuyos resultados se contaban la primera limpieza étnica concertada del siglo XX y el consiguiente desplazamiento forzoso de poblaciones.

  5. 5 Véase las páginas 45 a 49 de Marís, 2011, y las páginas 73 a 80 de Μαρής, 2021.

  6. 6 La Gran Guerra divide a la opinión pública griega entre, por un lado, los partidarios del trono y su política de neutralidad, y, por otro, los seguidores del primer ministro Eleuterio Venizelos, quien apoya unirse a la Entente a cambio de concesiones territoriales en Anatolia, en detrimento del Imperio Otomano.

  7. 7 A mediados de enero de 1975, el gobierno de Caramanlís inicia los trámites para llevar ante la justicia a los responsables de la Junta. Pocas semanas más tarde un grupo de oficiales del Ejército que conspiraba para dar un golpe de estado involucionista es detenido de madrugada, circunstancia de la que deriva el nombre con el que se conoce la intentona fallida.

  8. 8 A resultas de la Catástrofe de Asia Menor, en 1922, Grecia se ve sumida en una espiral de turbulencia generalizada que incluye golpes de estado y regímenes autoritarios. En agosto de 1936, Ioanis Metaxás instaura una dictadura que, pese a su afinidad ideológica con los regímenes de Mussolini y Hitler, no logrará evitar la agresión y posterior ocupación del país por parte de las potencias europeas del Eje.

  9. 9 No se han localizado los datos de Dimitrios Janós y Stylianós Moysidis.

  10. 10 Para una visión de conjunto de la obra de Márkaris, véase López, 2015, pp. 51-84.

  11. 11 Para los inmigrantes en la novela de Márkaris, véase Mamolar Sánchez, 2011, pp. 346-354.

  12. 12 El padre había sido cabo de carabineros (Márkaris, 2008, p. 24) o bien “ενωμοτάρχης” [enomotarjis] (Μάρκαρης, 2020, p. 27), que podría traducirse asimismo como cabo de gendarmería, tal como hace Philip Kerr en Greeks Bearing Gifts (2018, pp. 194-195), en tanto que suboficial de un cuerpo policial militarizado.

  13. 13 No se han localizado los datos de Yorgos Alexandrinós y Myrtó Tapanlí

  14. 14 Para dos aproximaciones comparadas entre la novela criminal griega y la española, véase Rodríguez, 2024b y Rodríguez, 2025a.