LA DINÁMICA DE LA FENOMENALIZACIÓN. LOS TRES SENTIDOS DEL ACONTECIMIENTO EN LA FENOMENOLOGÍA DE J.-L. MARION
The dinamics of phenomenalization. The three meanings of the event in the phenomenology of J.-L. Marion
Artículo de investigación
DOI: https://doi.org/10.21501/23461780.5283
Recibido: julio 22 de 2025. Aceptado: noviembre 5 de 2025. Publicado: febrero 23 de 2026
Jorge Luis Roggero
Resumen
Este artículo se propone indagar en los diversos sentidos del término “acontecimiento” en la obra de Jean-Luc Marion. Sostengo como hipótesis que existe cierta “evolución” en el pensamiento marioniano que puede advertirse, precisamente, en estos diversos significados, y que permite entender la dinámica de la fenomenalización en su sentido último, por medio de la superación de una concepción estática por una dinámica. La fenomenología de la donación se revela finalmente como una fenomenología acontecial, pues hace de la dinámica de la acontecialidad el sentido último de toda fenomenalización.
Palabras clave
Acontecimiento; Banalidad de la saturación; Fenomenalización; Fenomenología acontecial; Fenomenología de la donación; Fenómeno saturado; Marion.
Abstract
This article aims to explore the various meanings of the term “event” in the work of Jean-Luc Marion. I propose as a hypothesis that there is a certain “evolution” in Marionian thought that can be observed precisely in these various meanings, and that allows us to understand the dynamics of phenomenalization in its ultimate sense, by overcoming a static conception with a dynamic one. The phenomenology of givenness ultimately reveals itself as an evential phenomenology, since it makes the dynamics of eventiality the ultimate meaning of all phenomenalization.
Keywords
Event; Banality of saturation; Phenomenalization; Eventual phenomenology; Phenomenology of donation; Saturated phenomenon; Marion.
Introducción
La propuesta de Jean-Luc Marion constituye probablemente la modalidad más acabada de fenomenología acontecial. No obstante, si observamos más detenidamente su obra, encontramos tres significados distintos del término “acontecimiento”. ¿Cabe especular con algún sentido eminente o preponderante? ¿Cuál es la noción de acontecimiento que opera detrás de la caracterización “acontecial” de su fenomenología?
Sostengo la hipótesis de que existe cierta “evolución” en el pensamiento marioniano que puede advertirse, precisamente, en estos diversos significados, y que permite entender la dinámica de la fenomenalización en su sentido último. La obra fenomenológica de Marion opera a partir de la categoría de “fenómeno saturado”. Esta novedosa idea es presentada, en una primera etapa —la que corresponde al artículo “Le phénomène saturé” y a su chef-d’œuvre, Étant donné—, desde un punto de vista estático. Por este motivo, en un primer momento, se advierte tensiones entre la noción de acontecimiento referida a un tipo específico de fenómeno saturado: El acontecimiento histórico, y la concepción del acontecimiento como una determinación de todo lo dado. No obstante, en un segundo momento, Marion despliega ciertas intuiciones ya presentes en esa primera tematización y, en diálogo con algunas críticas recibidas, al proponer una concepción del acontecimiento que supera las inconsistencias, elabora un punto de vista dinámico.
Con el objetivo de demostrar estas ideas, en un primer apartado me detendré en la concepción del acontecimiento como un tipo de fenómeno saturado. En el segundo apartado indagaré en la acontecialidad como determinación de lo dado. En el tercer apartado exploraré los alcances de la idea de acontecimiento como modalidad de la fenomenicidad. Finalmente, extraeré algunas conclusiones.
El acontecimiento como un tipo de fenómeno saturado
En 1992, Marion publica su ya célebre texto “Le phénomène saturé”, como una suerte de respuesta a las acusaciones formuladas por Dominique Janicaud en su Le tournant théologique de la phénoménologie française (1991). Allí, el fenomenólogo de Meudon comienza destacando que la indagación en los fenómenos religiosos, por parte de una filosofía de la religión, obliga a enfrentarse a un “fenómeno imposible”. Esto equivale a plantear el problema del “límite más allá del cual el fenómeno en general no es más posible” (Marion, 1992, pp. 79-80).1 El fenómeno religioso introduce la pregunta respecto de “la posibilidad en general del fenómeno” (p. 80). Lo que está en juego, entonces, no es la evaluación de la religión, sino la cuestión de los límites de la fenomenicidad: “Así, el fenómeno religioso devendría, según se encuentre admitido o rechazado, el índice privilegiado de la posibilidad de la fenomenicidad” (p. 80). En este marco, Marion propone la categoría de “fenómeno saturado” (phénomène saturé).
Luego de señalar cómo Kant limita el aparecer de los fenómenos a las posibilidades previamente establecidas por el “poder de conocer” del sujeto cognoscente, es decir, “al juego de la intuición y del concepto en un espíritu finito” (Marion, 1992, p. 81), y de mostrar cómo la metafísica en general restringe la manifestación fenoménica a partir de la imposición del principio de razón suficiente, Marion destaca que la fenomenología libera al fenómeno de esas restricciones por medio del “principio de todos los principios”, superando la “fenomenicidad condicional por una fenomenicidad sin condición” (pp. 83-84). Sin embargo, el principio husserliano parece no ser capaz de alcanzar del todo su propósito: “todavía queda por verificar si el ‘principio de todos los principios’ garantiza de hecho el derecho a aparecer de todos los fenómenos, si abre una posibilidad absolutamente incondicionada, o si solo los hace posibles aún bajo ciertas condiciones” (p. 85).
La posibilidad absoluta, abierta por la validación de lo dado a la intuición dadora, que va más allá del principio de razón suficiente —y que constituye la primera característica del principio husserliano señalada por Marion—, se ve limitada por otros dos rasgos: El horizonte y la reducción.
En primer lugar, Husserl destaca que existen ciertos “límites” (Schranken) en los que se inscribe esa intuición (Husserl, 1973, p. 51). Marion destaca que estos límites refieren al horizonte y se pregunta:
¿Se trata, con este horizonte, de lo no-observado como no-observado, del simple reconocimiento de que toda experiencia vivida está atrapada en el flujo de la conciencia, y por tanto orientada de antemano hacia otras experiencias vividas por surgir? ¿O no se trata más bien de tratar, de antemano, las no-experiencias no consideradas como temas de un horizonte, y por tanto de incluir todo lo no considerado dentro de un límite —sea éste el del flujo de la conciencia— y de inscribir lo posible a priori dentro de un horizonte? (Marion, 1992, p. 87)
El horizonte pone límites a la incondicionalidad de lo dado. En segundo lugar, Husserl habla de una reconducción “a nosotros” (uns) (Husserl, 1973, p. 51) que pone en juego una operación de reducción llevada a cabo por un yo. Marion destaca que este “nosotros” señala la “ambigüedad clásica de Ideas” (Marion, 1992, p. 87), la ambigüedad señalada por Paul Ricœur en una nota al pie del § 24 en su traducción de Ideen I2:
la donación del fenómeno a partir de sí mismo a un Yo puede en cualquier momento convertirse en una constitución del fenómeno a partir y por el Yo. Incluso si no sobrevaloramos esta amenaza constante, debemos al menos admitir que la donación, precisamente porque conserva su función originaria y justificadora, sólo puede dar y justificar algo ante el tribunal del yo: trascendental o no . . . El fenómeno, incluso si se muestra a partir de sí mismo, solo puede hacerlo si se deja reconducir y, por lo tanto, reducir al Yo. (pp. 87-88)
El yo y su reducción constituyen, según Marion, una segunda limitación de la posibilidad absoluta que, en principio, pretendía otorgar al fenómeno el “principio de todos los principios”.
Pero ¿es posible entonces pensar un fenómeno incondicionado e irreductible? Marion observa que la delimitación del fenómeno a los parámetros del yo y del horizonte, tanto en la fenomenología (Husserl) como en la metafísica (Kant), conduce a una definición del fenómeno como condicionado y reductible que implica una suerte de “de-finición”. Este se ve restringido a una “intuición finita” que se traduce en un “déficit de intuición”: Por estar circunscripta a la experiencia sensible (Kant) o, simplemente, por tratarse de una intuición ideal o faltante (Husserl) (Marion, 1992, p. 101).
Frente a esta “penuria de intuición”, Marion propone pensar “la posibilidad de un fenómeno en el que la intuición daría más, incluso desmesuradamente más, que lo que la intención hubiera podido mentar o prever” (p. 103). Esta posibilidad encuentra un antecedente en la propia obra de Kant con la “idea estética”, como una representación de la imaginación que no puede ser aprehendida por un concepto. Marion concluye:
La hipótesis de un fenómeno saturado de intuición puede ser admitida, sin duda, a partir de su esbozo en Kant, pero se le debe prestar atención sobre todo porque designa una posibilidad del fenómeno en general. Y, en fenomenología, la más mínima posibilidad obliga. (p. 105)
La indagación en el fenómeno saturado es entonces guiada por la exploración de todas las posibilidades de la fenomenicidad.
A continuación, el texto presenta la caracterización del fenómeno saturado —que será repetida en Étant donné (Marion, 1998, pp. 280-309)— a partir de la inversión de las categorías kantianas del entendimiento:
Para introducir el concepto de fenómeno saturado, lo hemos descripto como no-mentable (imprevisible) según la cantidad, insoportable según la cualidad, pero también incondicionado (absoluto respecto de cualquier horizonte) según la relación e irreductible al yo (inmirable) según la modalidad. Estas cuatro características implican la inversión término a término de todas las rúbricas bajo las que Kant clasifica los principios y los fenómenos que determinan. (Marion, 1992, p. 122)
Con la noción de fenómeno saturado, Marion entiende haber encontrado el fenómeno incondicionado e irreductible que permite finalmente cumplir el propósito del “principio de todos los principios” al habilitar el darse de una posibilidad sin restricciones:
Así, con el hilo conductor del fenómeno saturado, la fenomenología encuentra su posibilidad última: no solamente la posibilidad que sobrepasa la efectividad, sino la posibilidad que sobrepasa las condiciones mismas de la posibilidad, la posibilidad de la posibilidad incondicionada o, dicho de otro modo, la posibilidad de lo imposible, el fenómeno saturado. (p. 123)
En “Le phénomène saturé”, Marion introduce una clasificación en tres tipos estáticos de fenómenos, similar a la tópica del fenómeno propuesta en Étant donné (Marion, 1998, pp. 309-342): 1) Los “fenómenos desprovistos o pobres de intuición” (phénomènes dépourvu d’intuition ou pauvres en intuitions) —entre los que se cuentan los lenguajes formales (intuición categorial en Husserl) y las idealidades matemáticas (intuición pura en Kant)— (Marion, 1992, p. 126); 2) los “fenómenos de derecho común” (phénomènes de droit commun) —en los que se espera que la significación, mentada por la intención, reciba una plenificación intuitiva adecuada, pero que rara vez ocurre— (p. 126), y, finalmente, 3) los “fenómenos saturados” —en los que “el exceso de intuición escapa a la constitución objetiva”— (p. 126).
Dentro de esta última categoría, en este primer texto, Marion propone distinguir dos modalidades y, al hacerlo, introduce la primera noción de acontecimiento.3 3.1) En primer lugar, los “acontecimientos históricos puros” (événements historiques pures). Estos fenómenos
por definición, no repetibles, por lo general advienen sin haber sido previstos; porque escapan a la objetualización por la demasía de lo dado intuitivamente, su inteligibilidad excluye la comprensión y demanda pasar a la hermenéutica; la saturación intuitiva desborda un horizonte único e impone múltiples hermenéuticas para diversos horizontes; finalmente, el acontecimiento histórico puro no solamente adviene a su testigo sin que éste lo comprenda (Yo no constituyente), sino que, por el contrario, lo comprende (Yo constituido): el Yo se comprende a sí mismo a partir del acontecimiento que le adviene en la medida misma en que no lo comprende él mismo. Los acontecimientos puros ofrecen un tipo de fenómeno saturado histórico, por lo tanto, comunitarios y, por principio, comunicables. (p. 127)
En segundo lugar, los “fenómenos de revelación” (phénomènes de révélation). Marion aclara que se trata de una noción fenomenológica de “revelación” que se define como “una apariencia puramente de sí misma y a partir de sí misma, que no somete su posibilidad a ninguna determinación previa” (p. 127).4 Dentro de esta categoría, en “Le phénomène saturé”, se distinguen tres tipos: 3.2.1) el ídolo, “el cuadro como espectáculo inconstituible por exceso de intuición, pero aun así observable” (p. 127); 3.2.2) el icono, “ese rostro que amo, devenido invisible no solamente porque me deslumbra, sino sobre todo porque no quiero ni puedo mirar allí sino su mirada invisible que pesa sobre mí” (p. 127); 3.2.3) la teofanía, “en la que la demasía de intuición resulta en la paradoja de que una mirada invisible me contemple y me ame visiblemente” (p. 127).
Marion utiliza, entonces, en primer lugar, la noción de acontecimiento para señalar un tipo de fenómeno saturado que se caracteriza por su carácter irrepetible, su imprevisibilidad, la inversión de la intencionalidad, y su pluralidad de horizontes, que demanda una hermenéutica. Esta hermenéutica tiene un carácter comunitario y comunicable. Algunos de estos rasgos serán también señalados en la caracterización del acontecimiento histórico como fenómeno saturado en Étant donné y de De surcroît.
En Étant donné, se lo relaciona con la inversión de las categorías kantianas de la cantidad, pero es presentado principalmente enfatizando la necesidad que impone de una hermenéutica comunitaria. Marion refiere a la descripción de un acontecimiento histórico en La Chartreuse de Parme: “nadie ha visto jamás la batalla de Waterloo” (p. 318). Ni Fabrice, ni Napoleón, ninguna mirada es suficiente para dar cuenta de lo ocurrido:
Por consiguiente, en la historia que se cuenta (Historie), la batalla requerirá que se adicionen los horizontes (en este caso, conceptuales) en una cantidad indefinida: horizonte militar (estrategia desde el retomo de exilio, táctica sobre el terreno mismo), horizonte diplomático, político, económico, ideológico (referencia a la Revolución), etc. La pluralidad de horizontes impide constituir prácticamente el acontecimiento histórico en un objeto y, así pues, impone adoptar una hermenéutica sin fin en el tiempo: la narración se desdobla en una narración de narraciones. (p. 319)
Esta “hermenéutica sin fin” exige una interobjetividad que integre “acuerdos y desacuerdos entre sujetos que constituyen parcialmente un no-objeto siempre a re-constituir” (p. 319).5
De surcroît es un texto de transición, en el que Marion comienza a repensar el carácter estático de la tópica del fenómeno presentada en Étant donné. Esto se advierte, en primer lugar, en el desplazamiento de la categoría del acontecimiento histórico a la de acontecimiento sin más, es decir, a la de cualquier suceso que tenga el carácter de un advenimiento. Marion señala que existen tres tipos de acontecimientos: Los acontecimientos históricos, que son de carácter colectivo, los acontecimientos intersubjetivos (ejemplificados a través de la amistad entre Montaigne y La Boétie) y los acontecimientos privados (Marion, 2001, pp. 45-46). Los tres tipos de acontecimientos comparten los mismos rasgos ya enunciados en “Le phénomène saturé”: 1) Son únicos e irrepetibles, 2) demandan una hermenéutica infinita pues no es posible asignarles una única causa, y, 3) son imprevisibles (p. 45).
Esta nueva categoría ampliada de acontecimiento parece anunciar la problemática de la “banalidad de la saturación”,6 pues responde a una concepción más dinámica de la fenomenicidad, que se detiene más específicamente en el proceso de manifestación. El texto indaga particularmente en la operación del advenir a la visibilidad, que opera a partir de un sí mismo en este tipo de fenómeno. Según Marion, el acontecimiento permite dar cuenta del alcance de la definición heideggeriana de fenómeno, como das Sich-an-ihm-selbst-zeigende, “lo-que-se-muestra-en-sí-mismo” (Heidegger, 1977, p. 38). Este fenómeno saturado, más que ningún otro, permite pensar este “sí mismo” del fenómeno que comanda su fenomenalización y puede rastrearse en la donación:
Pero ¿se puede detectar un tal ascenso desde el sí mismo fenomenalizante al sí mismo donador? ¿Qué fenómenos conservarían en sí la huella de su donación, al punto que su modo de fenomenalización no sólo abriría tal acceso a su sí mismo originario, sino que además lo haría indiscutible? Se propone una hipótesis: se trataría de fenómenos del tipo del acontecimiento. En efecto, el acontecimiento aparece sin duda como los otros fenómenos, pero se distingue de los fenómenos objetivos en que no resulta de una producción, que lo suministraría como un producto, decidido y previsto, previsible según sus causas y, en consecuencia, reproducible según la repetición de tales causas. Al contrario, al advenir testimonia un origen imprevisible, que surge de causas frecuentemente desconocidas, hasta ausentes, o al menos no asignables, el cual, por ende, no se podría reproducir, porque su constitución no tendría sentido. (Marion, 2001, pp. 38-39)
El acontecimiento exhibe, de modo paradigmático, el advenir del fenómeno saturado a partir de su sí mismo. Al anticipar, ya de modo más explícito, la idea de “banalidad de la saturación” que será formulada unos años después, el capítulo se detiene en un ejemplo, propone analizar un fenómeno “simple y banal”, que puede ser objetualizado, pero que se presenta en la descripción marioniana como un acontecimiento: La sala de actos (p. 39). La sala deviene una “sala” en la que
lo que adviene no son ni los muros ni las piedras, ni los asistentes, ni los oradores, sino el impalpable acontecimiento de aquello de lo que la palabra de éstos va a apoderarse, para hacerlo comprender o para arruinarlo . . . Esta tarde, sobre este tema y no otro, entre nosotros y no otros, se desarrolla un acontecimiento absolutamente único, irrepetible, y, en larga medida, imprevisible porque, en este momento preciso en que yo digo ‘momento preciso’, ni ustedes, ni el decano que preside, ni yo sabemos si será un éxito o un fracaso. Lo que aparece en este momento bajo nuestros ojos escapa a toda constitución; aunque haya sido organizado según intenciones claras, amistosas, intelectuales y sociales, se muestra a partir de sí mismo. Y en el se de su fenomenicidad se presenta, o mejor, se anuncia el sí mismo de lo que se da. (Marion, 2001, pp. 39-40)
Marion destaca nuevamente los rasgos del acontecimiento: Carácter irrepetible, imprevisibilidad, inversión de la intencionalidad (aparecer a partir de sí mismo). Pero lo importante, en este capítulo de De surcroît, es indagar en ese sí mismo del fenómeno hasta dar cuenta del sí mismo de la donación.
Unas páginas más adelante, el texto introduce un ejemplo que goza de un particular “privilegio fenomenológico” (p. 53). La exploración en el sí mismo acontecial conduce a indagar en la temporalidad de un modo que exceda el análisis kantiano. Se trata, según Marion, de pensar el tiempo del sí mismo sin adjudicar su función a la síntesis objetual y extendiendo su acción sobre la subjetividad misma (pp. 47-48). Este objetivo requiere encontrar un tipo de fenómeno que se temporalice de tal manera “que lleve al ego a fenomenalizarse él mismo según esta acontecialidad única” (p. 48). Ese fenómeno único es el nacimiento.
Marion señala que este acontecimiento que no se muestra de modo directo, que no es nunca presente, sino siempre pasado, pero pasado que nos interpela como un enigma a descifrar7 y, de ese modo, está siempre por venir, constituye nuestro “origen no originario”, ese origen que no aparece pero que me afecta a tal punto que “define mi ego, e incluso lo produce” (p. 52). En este sentido, el nacimiento es el fenómeno ejemplar buscado pues reúne ciertos rasgos especiales:
(a) El fenómeno del nacimiento se da directamente sin mostrarse directamente, porque adviene como un acontecimiento por excelencia (origen originariamente no originario); pero esta excelencia le viene del hecho de que me da a mí mismo cuando se da. Se fenomenaliza afectándome, pero me afecta al darme no sólo a mí mismo, sino (porque sin él yo no estaría ahí para afectarme con él) al dar un yo, un me, que se recibe de lo que recibe. (b) El fenómeno del nacimiento lleva desde el principio y hasta su culminación la inclusión del ego en la acontecialidad, al instaurarlo ejemplarmente según su estatus de adonado: ego que se recibe a sí mismo de lo que recibe. El fenómeno del nacimiento ejemplifica el fenómeno en general —lo que se fenomenaliza sólo en tanto que se da—, pero, al mismo tiempo, instituye al adonado, originariamente a posteriori, puesto que se recibe de lo que recibe, como el primer fenómeno (que hace posible la recepción de todos los otros). (c) El fenómeno del nacimiento se da, por tanto, como un fenómeno saturado (o paradoja) de pleno derecho. En efecto, su acontecimiento, primera impresión originaria y, por lo tanto, más originaria que todo otro instante, hace posible una serie indefinida, indescriptible e imprevisible de impresiones originarias por venir: las que se acumulan en un lapso de vida y me definen hasta mi final. Así, el nacimiento abre paso a intuiciones temporales innumerables, para las cuales buscaré, indefinidamente, pero con atraso, significaciones, conceptos y nóesis inevitablemente faltantes. (pp. 53-54)
En este extenso pasaje no solo se enfatizan los rasgos que permiten advertir la fenomenicidad del acontecimiento como la que mejor da cuenta del sí mismo de la donación al afectar y constituir mi propio ego, sino que de este modo se anticipa nuevamente la concepción dinámica del acontecimiento y por eso Marion afirma que “el fenómeno del nacimiento ejemplifica el fenómeno en general” (pp. 53-54). Volveremos sobre este punto en el apartado “El acontecimiento como modalidad de fenomenicidad”.
El acontecimiento como determinación de lo dado
El libro III, “Le donné. I: Déterminations”, de Étant donné enumera las cinco determinaciones de lo dado (la anamorfosis, el arribo, el hecho consumado, el incidente y el acontecimiento), “los rasgos de lo dado a través de los cuales cada fenómeno atestaría claramente que se despliega a partir del pliegue de la donación, que se muestra en tanto que se da” (Marion, 2016, p. 168). Estas características, que determinan a todo fenómeno en tanto dado, parecen ser solo aplicables a los fenómenos saturados. En este sentido, el libro III contradice los análisis estáticos del libro IV, “Le donné II: Degrés”, en el que se introduce la tópica del fenómeno que ya hemos mencionado, pues esa clasificación postula la existencia de fenómenos que solo pueden darse como fenómenos pobres o como fenómenos de derecho común. Estos dos tipos de fenómenos remiten a una donación que no parece poder ajustarse a los rasgos de lo dado que deben aplicarse a todo fenómeno dado. La solución de la tensión llegará con la nueva tópica del fenómeno introducida a partir de la idea de “banalidad de la saturación”. Solo desde una perspectiva dinámica de la fenomenicidad y afirmando que “la donación se cumple siempre en demasía” (Marion, 2016, p. 186) es posible entender cómo estas determinaciones de lo dado son compatibles con los diversos modos de fenomenalización.
Pero detengámonos en este § 17 de Étant donné. El acontecimiento constituye la última determinación de lo dado, la que da cuenta del sí mismo del advenir del fenómeno a partir de sí mismo. El fenómeno se visibiliza desde sí mismo según la anamorfosis, se individualiza en su arribo, se impone irrevocablemente como un hecho consumado y rechaza toda construcción surgiendo como incidente (Marion, 1998, p. 225), pero queda por establecer la modalidad en la que el fenómeno toma la iniciativa en su darse y su mostrarse a partir de sí mismo: “El sí mismo del fenómeno se advierte en su determinación como acontecimiento: Viene, sobreviene y se va desde él mismo y, mostrándose, muestra también el sí mismo que toma (o deja) la iniciativa de darse” (p. 226).8
Para indagar en esta característica, en este sí mismo que “no equivaldría para nada al en sí del objeto o de la cosa” (p. 225), Marion destaca el modo en que el acontecimiento pone en cuestión al principio metafísico de razón suficiente. El fenómeno dado se caracteriza por no tener una causa asignable. Pero no solo eso, la acontecialidad revela el privilegio fenomenológico del efecto por sobre la causa:
El acontecimiento precede a su causa (o a sus causas). El privilegio temporal del efecto —sólo él surge al y en presente, se da— implica que todo conocimiento empieza por el acontecimiento del efecto, ya que, sin el efecto, no habría ni sentido ni necesidad de investigar causa alguna . . . Sólo el efecto se impone de manera cierta; nos apoyamos en él para, posteriormente, ‘deducir’ la causa, cuya función consiste menos en producirlo que en comprenderlo. . . . La causa resulta ser un efecto de sentido asignado al efecto por la voluntad de saber, o más bien impuesto al acontecimiento para compensar su privilegio exorbitante —a saber, su surgimiento como ente, su advenimiento como fenómeno— mediante una dependencia epistemológica. La causa no viene sólo después del efecto para asegurarle el comentario tardío e hipotético, sino sobre todo para atenuar o negar en él el estatuto de acontecimiento: el sí mismo del fenómeno dado. (pp. 233-234)
El fenómeno dado aparece por sí mismo, desde su sí mismo, en su carácter acontecial, sin necesidad de que le sea asignada una o más causas, o mejor aún: Aparece en tanto tal porque no le es asignada ninguna causa. En este sentido, lo que se fenomenaliza es un efecto sin causa. Pero, además, con estas reflexiones, Marion abre el camino a una indagación dinámica de la fenomenicidad al vislumbrar el carácter excesivo, no objetualizable, originario de la donación. Los procedimientos de objetualización son los que asignan causas y determinan a los fenómenos como efectos de esas causas (es decir, como objetos). El fenómeno dado tiene como determinación al acontecimiento porque adviene más allá de toda previsión y dispensándose de toda causa.
El parágrafo concluye con la enumeración de tres notas características del acontecimiento como determinación de lo dado. En primer lugar, su carácter irrepetible. Precisamente porque es irreductible a una causa, el acontecimiento no es repetible (p. 240). En segundo lugar, el acontecimiento se caracteriza por su exceso. Si bien es posible encontrar antecedentes, hay acontecimiento solo en la medida en que este excede sus precedentes “el tenor de la acontecialidad . . . se mide por el exceso del fenómeno con respecto de sus antecedentes” (p. 241). Finalmente, el acontecimiento abre siempre una posibilidad nueva, una que no se encontraba registrada como condición de posibilidad de lo efectivo. El acontecimiento no se inscribe en la situación que le antecede, sino que ofrece otra distinta, no prevista anteriormente (pp. 242-243).
El acontecimiento como modalidad de fenomenicidad
En 2005 Marion publica “La banalité de la saturation” como una respuesta a la crítica respecto del carácter extraordinario de los fenómenos saturados y el descuido que esta categoría implica respecto del análisis de los fenómenos ordinarios —en lo que no se registra un carácter excesivo—.9 Según Marion, existe un “motivo serio” que explica la resistencia ante la hipótesis del fenómeno saturado. Se trata de cierto miedo “injustificado” a que los fenómenos saturados se correspondan con “intuiciones excepcionales” (Marion, 2005, p. 87), y, por lo tanto, que se experimenten solo rara vez, por medio de una suerte de éxtasis confuso y poco habitual.
Marion responde a este planteo mediante la distinción entre frecuencia y banalidad. Efectivamente, los fenómenos pobres y los fenómenos comunes son los más frecuentes, pero esta “frecuencia” tiene una consecuencia decisiva:
Podemos incluso decir que el mundo está cubierto de una capa, invasiva, la más visible, de fenómenos pobres, de objetos técnicos producidos y reproducidos sin fin, que termina por ofuscar lo que recubre. ¿Y qué recubre sino otros fenómenos . . . que hemos propuesto llamar fenómenos saturados? (Marion, 2005, pp. 154-155)
Solo en este sentido, en el sentido de un “encubrimiento”, es que los fenómenos saturados pueden pensarse como poco frecuentes. Pero esta falta de frecuencia no impide que los podamos considerar como banales.
Marion explica que la banalidad se diferencia de la frecuencia. “Deviene banal en sentido estricto lo que . . . concierne a todos y deviene accesible a todos” (Marion, 2005, p. 155). Este tipo de banalidad, disponible para todos, no es equivalente a la frecuencia, por el contrario, puede incluso oponerse a ella:
Hablar de un fenómeno saturado banal no implica entonces que devenga corriente y frecuente; ni que, a la inversa, devenga obligatoriamente excepcional y raro, y por lo tanto se restrinja a los márgenes de la fenomenicidad común que supuestamente fija la norma. La banalidad del fenómeno saturado sugiere, por el contrario, que la mayoría de los fenómenos, si no todos, pueden dar lugar a la saturación por exceso en ellos de intuición sobre el concepto o la significación. En otros términos, la mayoría de los fenómenos, que aparecen a primera vista como pobres en intuición, podrían describirse no sólo como objetos, sino también como fenómenos en los que, por lo tanto, la intuición satura y desborda todo concepto unívoco. Ante la mayoría de los fenómenos, incluso los más someros (la mayoría de los objetos producidos por la técnica y reproducidos de manera industrial), se abre la posibilidad de una doble interpretación que sólo depende de las exigencias de mi relación, siempre cambiante, con ellos. O, más bien, cuando la descripción lo exige, tengo a menudo la posibilidad de pasar de una interpretación a la otra, de una fenomenicidad pobre o común a una fenomenicidad saturada. (Marion, 2005, pp. 155-156)
Así, Marion presenta la noción de banalidad de la saturación, que introduce una concepción dinámica de la fenomenicidad: Todo fenómeno puede aparecer de un modo o de otro. Pero, claro, esto implica modificar la tópica estática del fenómeno y reducirla a “dos modos de fenomenicidad” (Marion, 2005, p. 157).
Efectivamente, unos años después, en su libro Certitudes négatives, publicado en 2010, Marion propone sustituir la clasificación estática de Étant donné por una actualizada:
De este modo, se dispone de una nueva tabla de fenómenos. Por un lado, los fenómenos del tipo del objeto, que comprenden los fenómenos pobres (formas lógicas, entidades matemáticas, etc.) y los fenómenos de derecho común (objetos de las ciencias de la “naturaleza”, objetos industriales, etc.). Por el otro, los fenómenos del tipo del acontecimiento, que comprenden los fenómenos saturados simples (el acontecimiento en sentido estricto, según la cantidad; el ídolo o el cuadro, según la cualidad; la carne, según la relación; y el ícono o rostro del otro según la modalidad), pero también los fenómenos de revelación (que combinan diversos fenómenos saturados, como el fenómeno erótico, los fenómenos de revelación, la Revelación, etc.). Esta tabla completa y complica la de Étant donné . . . al ligar la saturación y la acontecialidad: un fenómeno se muestra tanto más saturado cuando se da con una acontecialidad más grande. (Marion, 2010, p. 301)
La nueva propuesta reduce todos los fenómenos a dos tipos: Objetos y acontecimientos, pero agrega además un dinamismo entre una categoría y la otra que permite el pasaje entre ellas.
Este pasaje, como se sostuvo en “La banalité de la saturation”, puede realizarse por medio de una interpretación:
La distinción de modos de fenomenicidad (para nosotros entre el objeto y el acontecimiento) puede articularse sobre variaciones hermenéuticas que, como existenciarios del Dasein, tienen autoridad (ontológica) sobre la fenomenicidad de los entes. Sólo depende de mi mirada que incluso una piedra pueda aparecer, a veces, como un acontecimiento. . . . La distinción de los fenómenos en objetos y acontecimientos encuentra, por lo tanto, un fundamento en las variaciones de la intuición. Cuanto más aparece un fenómeno como acontecimiento (se acontecializa), más resulta saturado de intuición. Cuanto más aparece como objeto (se objetualiza), más resulta pobre de intuición. O, más aún: la acontecialidad fija el grado de la saturación y la saturación varía según la acontecialidad. Esta distinción tiene por ende un estatus estrictamente fenomenológico. Pero, entonces, hay que destacar asimismo que la acontecialidad no caracteriza sólo a uno de los tipos de fenómeno saturado (el acontecimiento stricto sensu, por oposición al ídolo, a la carne y al ícono): no sólo determina a cada uno de estos tipos que la ponen en práctica, sino que también define al fenómeno como dado en general, pues todos los fenómenos, en un grado o en otro, aparecen como advienen, ya que incluso los objetos técnicos no pueden borrar por completo los vestigios en ellos de un advenir, aun cuando esté oscurecido. (Marion, 2010, pp. 307-308)
El acontecimiento constituye, desde la publicación de Certitudes négatives, una modalidad de fenomenicidad en la que los fenómenos aparecen “acontecializándose”, esto es, a partir de su propia iniciativa.
No obstante, este enfoque dinámico de la fenomenalización, en el que es posible el pasaje de un modo de fenomenicidad al otro por medio de “variaciones hermenéuticas”, introduce también una prioridad: La acontecialidad es el modo originario porque es el que responde a la modalidad originaria y siempre “en demasía” de la donación. En este sentido —como he intentado sostener en otro artículo—, “todo fenómeno es un fenómeno saturado” (Roggero, 2020, pp. 183-187), pues todo fenómeno proviene del exceso de su donación y puede, potencialmente al menos, fenomenalizarse como un acontecimiento, es decir, como un fenómeno saturado.
Conclusión
Efectivamente, puede advertirse cierta “evolución” en el pensamiento de Marion que se registra en su concepción de la fenomenalización, que pasa de una visión estática a una dinámica. En “Le phénomène saturé” y en Étant donné, Marion propone una caracterización estática del acontecimiento al circunscribirlo a un tipo de fenómeno saturado. El acontecimiento es, en primer lugar, el acontecimiento histórico, el fenómeno que permite caracterizar al fenómeno saturado que invierte las categorías kantianas de la cantidad.
Pero esta tematización del acontecimiento genera cierta tensión con la concepción del acontecimiento como una determinación de lo dado, introducida también en Étant donné. Por un lado, el uso del mismo término con dos sentidos distintos en un mismo libro genera cierta confusión. Pero, además, por otro lado, las dos concepciones parecen oponerse, pues la tópica del fenómeno propone una clasificación estática de tipos de fenómenos que no logra articularse con las diversas determinaciones de lo dado —que deberían aplicarse a todo fenómeno en tanto dado, pero solo operan respecto del fenómeno saturado—. Sostener que todo fenómeno dado se caracteriza por ascender desde sí mismo a la visibilidad (anamorfosis), por su individualización (arribo), por imponerse irrevocablemente (hecho consumado), por rechazar toda construcción (incidente) y por advenir a partir de su sí mismo (acontecimiento), implica asignar a los fenómenos pobres y los fenómenos de derecho común características que no tienen. En este sentido, la concepción del acontecimiento como fenómeno saturado se inscribe en una lógica estática, que incluye otros tipos de fenómenos, y que no logra articularse con éxito con la lógica que introduce la noción de acontecimiento como rasgo de todo lo dado.
De surcroît constituye un primer intento de solucionar esta tensión reformulando la idea de acontecimiento como fenómeno saturado. A tal fin, Marion amplía la categoría de acontecimiento histórico a la de acontecimiento sin más (colectivo, intersubjetivo o privado). Pero, además, toma de la tematización del acontecimiento como determinación de lo dado la idea de que se trata de una modalidad de fenomenalización que permite dar cuenta particularmente del modo en que el fenómeno tiene la iniciativa, remitiendo al sí mismo de la donación.
No obstante, la verdadera respuesta al problema se alcanzará con la propuesta de la banalidad de la saturación, en el texto publicado en 2005. Es a partir de esta idea que Marion puede reformular su clasificación de los fenómenos desde un punto de vista dinámico, que presta especial atención a la dinámica de la fenomenalización. La nueva tópica del fenómeno, que distingue solo dos modalidades de fenomenicidad, objetos y acontecimientos, explica mejor el modo en que el sí mismo de la donación tiene la iniciativa en la operación de fenomenalización y permite resolver las tensiones entre la idea de fenómeno saturado y su correspondencia con las determinaciones de lo dado.
La dinámica de la fenomenalización involucra, ciertamente, a una instancia receptiva, a una subjetividad, que es repensada por Marion a partir de la categoría del adonado (adonné). Esta receptividad es tanto pasiva como activa:
es preciso, no sólo que una mirada sea curiosa, disponible y ejercida, sino sobre todo que se someta a las exigencias de la figura que hay que ver . . . [Se trata de] renunciar a organizar la visibilidad a partir de una decisión libre o del lugar propio de un espectador sin compromiso, para que la visibilidad se deje dictar por el fenómeno mismo, en [su] sí. (Marion, 1998, p. 176)
Esta atención curiosa, disponible y ejercida —que implica una responsabilidad ética, sin duda—10 debe decidir, en cada caso, si es necesario entregarse a la acontecialidad del advenir del fenómeno a partir de sí mismo o si es preciso, por medio de una “variación hermenéutica”, proceder a objetualizarlo conteniendo su exceso de sentido en la categoría de objeto. Así, la concepción dinámica de la fenomenicidad, introducida por Marion a partir de la noción de banalidad de la saturación, permite explicar acabadamente el procedimiento de la fenomenalización, dando cuenta de su dinamismo. La fenomenología de la donación se revela finalmente como una fenomenología acontecial, pues hace de la acontecialidad el sentido último de toda fenomenalización.
Conflicto de interés
El autor declara la inexistencia de conflicto de interés con institución o asociación de cualquier índole. Asimismo, la Universidad Católica Luis Amigó no se hace responsable por el manejo de los derechos de autor que los autores hagan en sus artículos, por tanto, la veracidad y completitud de las citas y referencias son responsabilidad de los autores.
Referencias
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Nota de autor
Jorge Luis Roggero
Doctor en Filosofía. Profesor de la Universidad de Buenos Aires–CONICET, Cuidad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. Correo electrónico: jorgeluisroggero@gmail.com, https://orcid.org/0000-0003-4060-6958
1 Todas las traducciones son mías.
2 “La articulación entre las dos expresiones: la intuición dadora, y lo que se da, es sorprendente. Encierra todas las dificultades de una filosofía de la constitución que debe seguir siendo al mismo tiempo, desde otro punto de vista, un intuicionismo” (Ricœur, 1950, p. 78 n. 1).
3 En rigor, antes de mencionar a los acontecimientos históricos, cuando tematiza la inversión de las categorías de la relación, Marion habla de “acontecimiento puro”: “Acontecimiento o fenómeno no previsible (a partir del pasado), no exhaustivamente comprensible (a partir del presente), no reproductible (a partir del futuro); en definitiva, absoluto, único, adviniente. Podemos decir también: acontecimiento puro” (p. 113), el texto se repite igual en Étant donné (p. 290). Es un pasaje llamativo porque ciertamente anticipa el uso del término acontecimiento en el sentido de un modo de fenomenicidad —aplicable a todos los fenómenos saturados—, pero Marion no lo desarrolla en estos textos y se limita a esta única mención.
4 Cabe señalar que este modo de determinar la revelación en sentido fenomenológico remite a Totalidad e infinito. Según Levinas (1961), la revelación del Otro se contrapone a la lógica del desvelar y su procedimiento objetualizante: “Reconocer la verdad como des-velamiento es referirla al horizonte del que des-vela. . . . El ser des-velado es respecto de nosotros y no kath’autó. . . . La manifestación de lo kath’autó . . . consiste para él no, en absoluto, en ser des-velado, no, en absoluto, en descubrirse a la mirada que lo tome por tema de interpretación y que ocupa una posición absoluta de dominio sobre el objeto; la manifestación kath’autó consiste para el ser en decirse a nosotros, independientemente de la posición que hayamos tomado a su respecto; en expresarse. . . . La experiencia absoluta no es des-velamiento sino revelación: coincidencia de lo expresado y del que expresa; por ello mismo, manifestación privilegiada del Otro, manifestación de un rostro más allá de la forma” (pp. 36-37).
5 Matías Pizzi (2024), en su artículo “Reflexiones sobre el concepto de historia en la fenomenología acontecial: Jean-Luc Marion y Jean-Louis Chrétien” postula con agudeza la posibilidad de aplicar la categoría de acontecimiento histórico a la historia misma y al modo acontecial en que Marion lee la historia de la filosofía.
6 Esta cuestión será tematizada tres años después, en su conferencia de 2004, “Saturation and Counter-Experience”, en ocasión del Congreso “In Excess: Jean-Luc Marion and the Horizon of Modern Theology”, celebrado en la Universidad Notre Dame (Indiana, EE. UU.). El texto, en su versión definitiva, fue publicado como capítulo de su libro Le visible et le révélé, intitulado “La banalité de la saturation”.
7 “Mi nacimiento se ofrece incluso como un fenómeno privilegiado, porque, en un sentido esencial, toda mi vida se dedica exclusivamente a reconstruirlo, atribuirle un sentido y a responder a su llamada silenciosa” (Marion, 2001, p. 52).
8 Como puede advertirse, la tematización del acontecimiento como tipo de fenómeno saturado en De surcroît es el producto de la integración de esta problemática de la acontecialidad como determinación de lo dado con los rasgos del acontecimiento como fenómeno. De esa manera, Marion asume la problemática de la tensión entre ambas concepciones del acontecimiento y comienza a vislumbrar la solución que tendrá lugar cuando opere el pasaje de la visión estática de la fenomenicidad a la dinámica.
9 Esta es la crítica de Emmanuel Falque en “Phénoménologie de l’extraordinaire”. Allí Falque se pregunta por la pertinencia de concebir el fenómeno saturado como fenómeno paradigmático. ¿Cuáles son las consecuencias de hacer de la excepción la norma? Establecer un paradigma basado en la experiencia extraordinaria de la saturación no es una decisión acertada —según Falque— porque no ayuda a comprender la experiencia más común del hombre, la experiencia ordinaria de la finitud humana (cfr. 2003). El mismo tipo de objeción puede encontrarse en el artículo de Anthony Steinbock, “The Poor Phenomenon” (2007) y en el libro de Christina Gschwandtner, Degrees of Givenness (2014). Para un análisis de estas críticas Murga (2024).
10 Esta es la lúcida tesis de Ezequiel Murga desarrollada en su artículo “Hacer justicia a los fenómenos. La responsabilidad de fenomenalizar en la fenomenología de la donación de Jean-Luc Marion” (en prensa).