ESCENAS ROMANASa

Espacio literario

DOI: https://doi.org/10.21501/23461780.5139

Recibido: diciembre 9 de 2024. Aceptado: enero 31 de 2025. Publicado: marzo 5 de 2025

Pablo Montoya

Amar a Roma (1)

¿Qué amo cuando digo amar a Roma? ¿Una luminosidad que aún persiste tras la penumbra de los siglos? ¿Un olor insinuado por un verso que de pronto me viene a la memoria? ¿El sabor del pan que compartí con alguien que ya es polvo próximo al olvido? ¿El dibujo en el cielo del vuelo de un par de golondrinas? ¿Una música de flautas que sostiene mi frágil memoria y también la grandiosidad de una biblioteca?

Aleteo

La mujer entra al templo. Vacilante da los pasos en medio de la tiniebla. Prende un fuego y comienza a decir la prez. Pero el fuego es apagado por una brisa intempestiva. La voz continúa. Ella, apacible y temblorosa, es un fugaz resplandor en medio de la oscuridad.

Vacío

Mientras viajo en la litera leo las cartas y me sobreviene una caída en el vacío. Unos instantes después emerjo con el corazón acelerado. Me asiste la impresión de que he visitado el reino de los muertos. Es algo que solo me atañe a mí, pienso. Pero entiendo enseguida que en esa intuición del más allá estoy unido a los demás hombres. Cada vez que me adormezco, me libero de esta trampa de tiempo y espacio en que vivimos. Y aunque esté destinado a ella, me asusta, como sucede en todos, saborear esas anticipaciones del fin. Considero, sin embargo, que debería regocijarme por traspasar las fronteras de la contingencia en esos instantes tan breves como inesperados. Ya que es el misterio en toda su desnudez lo que se me revela fragmentariamente. Vuelvo entonces sobre las tabletas con la esperanza de que la muerte verdadera me acoja con la conciencia despierta.

Cuello

Tomo un espejo y me veo. La barba esconde una piel vapuleada por estaciones sucesivas. Los labios son como el pelambre de un animal agotado. La nariz, antes recta y elegante, se ha torcido un poco y las orejas tienen la evidente señal del agrandamiento. Aunque es el cuello donde se expresa con claridad el paso de mis días y mis noches. En Cornelio, mi padre, este era abotagado y con los años adquirió una consistencia de batracio. En Lucrecio, mi amigo, la frente se le volvió una ansiosa cartografía de arrugas. Mi esposa Lucilia, que desposé cuando ella era impúber, se fue cubriendo de máculas y estrías. Pero en mí es el cuello el lugar de la degradación. Fabia, mi hija, me ha aconsejado tapármela con una prenda. Me niego porque mostrar mi cuello es la evidencia inobjetable de que aún estoy vivo.

Escritura

El imperio navega en medio de un mar furioso. He sido designado por los dioses y los hombres para conducir esta maltrecha nave a puerto. Aunque sé que los foros, los templos y los teatros han comenzado su derrumbe inevitable. Eso, el derrumbe y la desintegración, como me ha dicho la sibila, es la herencia que nos corresponde a todos. Y lo que he escrito lo he dejado al lado del fuego. Para que sea devorado por las llamas o persista como la ruina.

Oración

La prohibición se ha expandido por todos los dominios. Los templos han sido primero cerrados y luego destruidos. Los sacerdotes de los misterios milenarios fueron expulsados de sus moradas y los que persistieron en seguir con los rituales fueron condenados a muerte. Ahora ni siquiera es posible orar a los pequeños dioses familiares. Todo altar, que sea diferente al elevado a Cristo, es arrasado y sus habitantes son castigados. ¿En dónde, entonces, podré decir la oración a mis penates? ¿A qué lugar llevaré este aliento mío y esta precaria esperanza? Los soldados han entrado a mi casa porque he sido denunciado por uno de mis esclavos. Escudriñan los aposentos dejando una estela de desorden en mis pertenencias. Por fortuna, no encontraron nada. La palabra, que mi sangre sigue elevando a los dioses protectores, no la pudieron escuchar.

Suicidio y anacronismo

Luciano le envió su última obra donde decía que no había forma más rápida de morir que el fuego. Solo hay que abrir la boca y enseguida la muerte se apodera de todo. Por lo tanto, sin más vacilaciones, él tomó el arma de su mesa, abrió la boca y se disparó.

Amar a Roma (2)

Amo a Roma porque ella es recordación de lo que fui y anhelo permanente por lo que seré después. La amo porque en su confluencia de calles y de hombres aprendí a descifrar la existencia y a entender que nunca hay interpretación definitiva. La amo porque aquí nacieron y murieron mis padres y los demás ancestros que son mi entrañable penumbra en la vastedad del tiempo. La amo porque, al defenderla ante sus invasores, forjaré la más inolvidable de las muertes.

Nuestra condición

No nacimos felices. No hubo nunca en nosotros algo parecido a la alegría. Ni tampoco jamás ha existido una expansión sosegada de nuestro poder. El trauma es el motor que nos impulsa y la ambición del sometimiento la que aspira a un máximo límite. Los romanos siempre hemos sido un pueblo acorralado por la guerra. De ahí que seamos hostiles y que el miedo a desaparecer nos asedie a todo instante. Estamos atrincherados en el mundo y la huida y el exilio se nos imponen como las únicas salidas.

Paz

Los días eran apacibles, así una actividad incesante se manifestara en todas partes. Roma vivía, por fin, una suerte de florecimiento. Las gentes laboraban con la convicción de que esa era su forma más grata de transcurrir en el tiempo. El pensamiento se plasmaba en las tablillas y en los pergaminos y las imágenes en los mosaicos de los muros y en los versos del poema. De modo parecido, el agua fluía en los acueductos elevados y el vino en nuestras arterias. Y, en las noches más serenas, se percibía el sutil puente entre la armonía de las estrellas y las imágenes tumultuosas que tejían nuestro sueño.

El emperador y el poeta

Dicen que Julio César fue asesinado porque quería ser el rey. No le bastó serlo en su fuero interno. No le sirvió el respeto desmesurado de sus consejeros. Ni siquiera lo colmó aquel augurio que hubo de situarlo, desde ese día y para siempre, como el más poderoso de los hombres. Se obnubiló, en cambio, con la idea de ser ungido por los dioses como lo fueron los faraones y los reyes de oriente. E iba a lograrlo cuando murió apuñalado. Los asesinos se justificaron diciendo que era un tirano que atentaba contra la libertad. Después se desató la guerra tras la cual me correspondió a mí el poder. Ahora soy mucho más que un faraón y que un rey. Soy Augusto, el emperador. Poseo todo el poder posible. Hasta el de modificar el tiempo y nombrarlo. Hasta el de celebrar, a través de los versos, mis empresas y batallas. Pero ¿por qué fui yo, y no él, quien logró llegar hasta la cumbre? ¿Ha sido la decisión de la historia, que es como algunos llaman a la Providencia? ¿Por qué fui capaz de instalar la paz desde una guerra sucia? ¿Todo ello se ha debido a mi habilidad, a mi paciencia, a la confluencia de engaños y certezas que pude tramar? Hay quienes creen que soy el emperador gracias a las puñaladas que recibió Julio César. Que lo mío es simplemente la heredad de una tragedia. Que gobierno sobre la podredumbre de no solo uno, sino de miles de asesinados. Pero ignora esas interpretaciones impías, Virgilio. Y toma tu pluma para que escribas el homenaje que merezco.

Inutilidad de la palabra

Beberé con mis ojos tu cuerpo como lo hago con el vino que torna más vasta la sangre y más efímeras las impresiones. Luego será la dicha del tacto y el vértigo de los besos. Y ya no tendré palabra alguna para decir lo que siento.

Madrid, diciembre de 2024

Notas de autor

Pablo Montoya

Doctor en Estudios Hispanoamericanos y Latinoamericanos, Universidad Le Sorbonne-Nouvelle, Paris III. Profesor de Literatura de la Universidad de Antioquia. Como escritor ha recibido diferentes galardones, entre estos, el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos (2015), el Premio José Donoso (2016) y el Premio de Narrativa José María Arguedas (2017). Correo electrónico: pablo.montoya@udea.edu.co ORCID: https://orcid.org/0000-0001-8028-5365