Editorial
Elogio a la superficialidad
Santiago Verhelst Hoyos
Universidad Nacional de Colombia
Forma de citar este artículo en APA:
Verhelst Hoyos, S. (2026). Elogio a la superficialidad [Editorial]. Revista Colombiana de Ciencias Sociales, 17(2), 336-338, https://doi.org/10.21501/22161201.5356
¡Oh, estos griegos! Ellos sabían cómo vivir:
para eso hace falta quedarse valientemente de pie ante la superficie,
el pliegue, la piel, venerar la apariencia, creer en las formas, en los sonidos, en las palabras, en todo el olimpo de la apariencia.
Los griegos eran superficiales — ¡por ser profundos!
Nietzsche, La gaya ciencia
El asunto ya está implicado, es enredado, lapso; no se sabe bien en qué lugar termina y tampoco dónde inicia. Siempre al borde, al límite, morando sobre carcasas, en vecindad con litorales y en proximidad con planicies, con tangentes. El único horizonte posible, aquí horizonte significa lindero, es el cuerpo: la superficie. Un límite no solo es el paraje contra el que se cierra todo virtual. Todo lo contrario, un límite también es, preeminentemente, un primer paso, el punto de partida, el momento inicial. Hospedadas entre las cosas que se diferencian unas de otras, en las cosas que somos, la masa que es atribuible a todo en tanto superficie demarca la distancia y cercanía, lo descartable, lo amable, lo liviano, lo pesado, lo obtuso, lo reconfortante, lo posible. Lo posible debe ser ejercido, su ejercicio es el tocar y ser tocado: tocar con los ojos, tocar con la voz, tocar con el oído, tocar con el gusto, tocar con el pensamiento y, por supuesto, tocar con la piel.
Del mundo solo conocemos su superficie. No importa el recorrido que realicemos ni los esfuerzos que nos empecinemos, siempre estamos dando vueltas y habitando la superficie de todo lo demás que no somos, siempre estamos solo en contacto con los límites. La apariencia, imagen, semejanza y contorno, es el dato fundamental. La esencia de todo en cuanto se nos muestra es su apariencia. Lo único común a todo cuanto conocemos es que aparece, está mediado por la superficialidad: Ser y Apariencia coinciden (Arendt, 2002). Todo lo que nos afecta, lo que es animado o inanimado, lo técnico, lo político, lo vivo, lo muerto, lo dulce, lo amargo, depende de su constitución fundamental, su apariencia, su superficie. No existe nada ni nadie en este mundo cuya existencia no suponga el espectar o el ser espectado. Por lo tanto, nada puede darse en singular; este es el sermón de todas las cosas mudas. No estamos solos, no podemos pensarnos como reclusiones que se encuentran completamente al margen; siempre estamos entre todo lo demás. Nunca, ni siquiera cuando dormimos, dejamos de estar en contacto con las cosas del mundo. Es la apariencia la encargada de cualificar ese entre: arriba, abajo, a un lado o al otro, cerca o lejos, está todo mediado por la ausencia o presencia de objetos, es decir, seres que aparecen, cosas con volumen. No hay sujeto, si se quiere tal cosa, que no sea objeto a su vez, ya que está destinado a aparecer ante el campo perceptual de otro. Percibir y ser percibido se constituyen como las dos funciones bajo las cuales toda criatura debe desenvolverse en el mundo, un mundo en el que ser y apariencia coinciden.
Los grandes acontecimientos o las narraciones heroicas que han organizado el conjunto de expectativas y el reparto de la imaginable, como lo es el futuro, siempre se circunscriben a grandes superficies. Una de las superficies privilegiadas geométrica y políticamente hablando, es la ciudad. La metrópolis, la civitas, siempre ha tenido un papel preponderante en lo que refiere a la producción de conocimiento, a la captación económica, a la estructuración de la política, entre otros. Puede considerarse la estrecha relación que ha tenido el pensamiento, sobre todo la filosofía, con la ciudad. Se ha reiterado en muchas ocasiones que el nacimiento de la filosofía se debe a Atenas, puerto y polis; la academia y el licio se corresponden con la pertenencia que poseen a los lugares en los cuales están emplazados, grandes superficies. Esta idea puede ser valorada a la luz de los monasterios medievales y la conformación de las universidades. No obstante lo anterior, la vida también puede ser estimada, con mayor radicalidad, radical es aquí relativo a la raíz, desde espacios más pequeños y minúsculos: la casa, οἶκος, la invención histórica de las alcobas, las formas sobre la mesa, la cocina, la distribución espacial de los barrios o las aulas de estudio representan superficies liminares que son privadas y públicas, en las cuales se configuran experiencias basales de relación, de contacto y de modos de percepción. En conjunto, estos espacios menores son los que permiten que las estructuras de la vida cotidiana se concreticen en contactos. Desde estos se instauran hábitos, inscripciones y disposiciones que sustentan el entramado relacional que es el mundo, no de un sujeto en concreto, sino de todos los seres que pueden aparecer en tanto son superficies.
Abogar por las superficies y las apariencias nos pone en una situación, como la describe W. Benjamin (2018) en su Fragmento teológico-político, profana. No hay parajes superiores o un soplo mesiánico que redima todos los acontecimientos. El pensamiento, en su infinita superficialidad, como intencional que es, solo se queda en las superficies que le es dable señalar, es en y por el mundo. En este orden de ideas, el pensamiento posee textura, peso, tamaño, longitud, en tanto es todo lo que está afuera, todo lo que está más allá del umbral. Celebrar la superficialidad es instar a pensar el mundo, las cosas que habitan en él, las que se mueven y las que están en un reposo inmutable, sean mudas o no, a partir del lugar en el que nos instalamos para referirnos a ellas. No considerando que hay algo detrás o al fondo de ellas, sino apostando por la hermosa multiplicidad con la cual se presenta y se despliega todo. Desde este marco, se presenta como urgencia el situar todo lo posible como acto en medio de las superficies. Esto desplaza cualquier pretensión de prospectiva como una mera virtualidad o como una lógica de la espera y nos empuja hacia lo que nos ofrece el presente y lo que en él se alberga. Posicionar lo anterior como un acto es sostener que cada gesto, cada centímetro, cada exterioridad, cada forma y cada matiz espacial asisten a la configuración efectiva de lo real. La superficie no se circunscribe a un límite o frontera que deban ser atravesados, sino al ámbito anticipatorio y activo donde lo eventual se vuelve mundo.
Referencias
Arendt, H. (2002). La vida del espíritu. Paidós.
Benjamin, W. (2018). Iluminaciones. Taurus.
Nietzsche, F. (1985). La ciencia jovial: “La gaya scienza”. Monte Avila Editores.
Nota de autor
Santiago Verhelst Hoyos
Magíster en Estudios Políticos de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín. Contacto: sverhelst@unal.edu.co; ORCiD: https://orcid.org/0009-0000-2198-4166