Leyendo a Durkheim con Galtung: suicidio y violencias estructurales

Reading Durkheim through Galtung: suicide and structural violence

Ana María Hincapié Zuleta, Jaime Alberto Carmona Parra

Universidad de Manizales

Recibido: 2 de mayo de 2024–Aceptado: 20 de noviembre de 2024–Publicado: 15 de enero de 2026

Forma de citar este artículo en APA:

Hincapié Zuleta, A. M., & Carmona Parra, J. A. (2026). Leyendo a Durkheim con Galtung: suicidio y violencias estructurales. Revista Colombiana de Ciencias Sociales, 17(1), 139-161. https://doi.org/10.21501/22161201.4960

Resumen

Introducción: este estudio pretende explorar la relación entre el suicidio y las violencias estructurales, utilizando un enfoque teórico basado en las teorías de Johan Galtung sobre la violencia y los tipos de suicidio de Émile Durkheim. Metodología: estudio situado en el paradigma interpretativo, el enfoque es cualitativo de nivel exploratorio y análisis de discurso. Se empleó como técnica de recolección de información el análisis documental. Se revisaron 59 estudios publicados en revistas académicas de diferentes continentes. Resultados: las violencias estructural y cultural, profundamente arraigadas en las desigualdades sociales y económicas, siguiendo el modelo de Galtung, inciden en la violencia estructural, lo cual se materializa en los comportamientos suicidas, especialmente en poblaciones marginadas. Conclusión: es necesario continuar con la línea de investigación que despatologiza el suicidio y desplaza el interés de las determinaciones clínicas e individuales hacia las interacciones sociales y las violencias estructurales, para construir una auténtica perspectiva interdisciplinaria que aporte a la comprensión del suicidio como un fenómeno multideterminado.

Palabras clave

Suicidio; Intento de suicidio; Violencia estructural; Violencia directa; Violencia cultural; Análisis de discurso; Población marginada.

Abstract

Introduction: This study aims to explore the relationship between suicide and structural violence, using a theoretical approach based on Johan Galtung’s theories on violence and the types of suicide of Émile Durkheim. Methodology: the study is situated within the interpretative paradigm, employing a qualitative, exploratory-level discourse analysis approach. Documentary analysis was used as the data collection technique. A total of 59 studies published in academic journals from different continents were reviewed. Results: Structural and cultural violence, deeply rooted in social and economic inequalities, following Galtung’s model, influence structural violence, which materializes in suicidal behaviors, especially among marginalized populations. Conclusion: it is necessary to continue with the line of research that depathologizes suicide and shifts interest from clinical and individual determinations to social interactions and structural violence, in order to build an authentic interdisciplinary perspective that contributes to the understanding of suicide as a multidetermined phenomenon.

Keywords

Suicide; Suicide attempted; Structural violence; Direct violence; Cultural violence; Discourse analysis; Marginalized population.

Introducción

Hablar del suicidio implica, de forma necesaria, remitirse a una perspectiva multifactorial, dado que dicho fenómeno, en su basta complejidad, no puede ser comprendido ni abordado de forma efectiva y eficaz por parte de un solo cuerpo teórico o disciplinar, reclamando un abordaje multidisciplinar e intersectorial (Zhang, 2019). Este convoca a distintos estamentos sociales dado su auge, aspecto que lo convierte en una problemática mundial de salud pública. Así, la Organización Mundial de la Salud (17 de junio del 2021) manifiesta que el suicidio puede ocurrir a cualquier edad, siendo la cuarta causa de defunción en el grupo etario de 15 a 29 años.

No obstante, los manuales y las guías de prevención del suicidio, en su mayoría estos responden a un enfoque que toma como centro al individuo y, por extensión, prioriza aquellos factores de índole individual más relacionados: la depresión, la ansiedad y las crisis vitales de identidad —frecuentes en la franja etaria en mención—. Si bien el enfoque individualista es legítimo y aporta a la comprensión e intervención del fenómeno, genera una visión angosta que obtura otros aspectos de la cuestión, que pueden tener una mayor relevancia en la consumación del suicidio, como lo son las violencias estructurales.

Este concepto lo acuña el sociólogo Johan Galtung (1989), quien interpreta la violencia como una triada de manifestaciones que van de una escala superficial hasta la intrincada profundidad del tejido social que solo es posible de evidenciar con un análisis de los diferentes elementos que la componen. Así, este propone un triángulo de la violencia que puede hacer uso de la analogía del iceberg: la violencia directa es la parte más visible y sus manifestaciones pueden palparse en hechos tan diversos como los insultos, la calumnia, la difamación, los homicidios, los suicidios y las guerras; la violencia cultural se expresa en la naturalización e, incluso, en la exaltación del trámite violento de los conflictos; y la violencia estructural se manifiesta en las injusticias sociales (clasismo, sexismo, racismo) que, de manera inequitativa, favorecen a ciertos grupos sociales en detrimento del goce efectivo de bienes tanto materiales como inmateriales de otros, en los que caben la subsistencia, la identidad y la dignidad.

Figura 1. Triángulo de la violencia propuesto por Johan Galtung

Fuente: Galtung (1989).

El triángulo que muestra la figura 1 puede rotar de forma que, en cada momento, el vértice superior y los dos inferiores cambien: cuando en la base se ubican las violencias directas y estructurales, por contrapartida la violencia cultural se ubica en el vértice superior, siendo el elemento más visible de dicha relación; por otro lado, cuando en la base, de forma insidiosa, se ubican la violencia directa y cultural, el vértice superior será abarcado por la violencia estructural (Galtung, 1989). Así, no solo las estructuras socioeconómicas se anclan y promueven estas dinámicas coercitivas, también participan aspectos como las estructuras de parentesco, las identidades territoriales y la sexuación.

Estas últimas, desplegadas por ejemplo en violencias incestuosas, pueden derivar en un amplio espectro de afectaciones físicas y psíquicas, promoviendo la depresión y el suicidio (Rassenhofer et al., 2022). Otro caso puede ser el de las minorías sexuales, las cuales presentan tasas de ideación e intentos suicidas mayores a las poblaciones heteronormativas (Santoyo et al., 2021), muchas de ellas con el incentivo y agravante de la falta de acceso a servicios de salud debido a estereotipos (Argento et al., 2019) que se mantienen e, incluso, empeoran en la vejez (Wing et al., 2022). Así, este primer esbozo permite dar paso a la necesidad de abordar la pregunta sobre el rol que desempeñan las violencias estructurales en el empuje social al suicidio.

El abordaje del suicidio como un fenómeno multideterminado, con un enfoque interdisciplinario que trasciende las fronteras de la psicología tradicional, implica reconocer, en primer lugar, las contribuciones de otras ciencias sociales para la comprensión del fenómeno. La sociología ocupa un lugar privilegiado en el entendimiento de las violencias que se derivan de las interacciones y que se sedimentan y legitiman en el tejido social. En este sentido, la referencia a los planteamientos de Johan Galtung necesariamente debe articularse con otro referente histórico de la sociología, como Émile Durkheim, quien realizó importantes aportes al estudio de la violencia y, en particular, de la violencia autoinfligida que culmina en la propia aniquilación.

El suicidio, de Émile Durkheim, es una de las obras más relevantes de la historia de la sociología, es considerada también una de las obras emblemáticas del autor y el texto más importante sobre el fenómeno del suicidio que se ha escrito en toda la historia de las ciencias sociales. En este libro se propone una taxonomía que sigue siendo válida y útil más de un siglo después de su primera edición. Allí, el autor propone en principio tres tipos de suicidio, ligados a dinámicas sociales: el suicidio egoísta, que se relaciona fundamentalmente con el aislamiento forzoso o voluntario que separa a una persona de sus otros significativos; el suicidio altruista, que se deriva de una enajenación radical debida a una relación simbiótica de la persona con un grupo de referencia; y el suicidio anómico, que se deriva de una crisis del universo simbólico que permite a la persona construir su identidad y la respuesta a la pregunta por su ser.

Esta crisis del universo simbólico puede estar influida o provocada por una crisis material positiva o negativa: igualmente una ruina económica o un súbito enriquecimiento pueden operar como factores suicidógenos. En otro apartado de la obra, Durkheim agrega una cuarta tipología que denomina “fatalista” y que se refiere a aquellos casos en los que el suicidio aparece como respuesta a lo que suele llamarse una “situación sin salida”, en la que un ser humano se siente “entre la espada y la pared”. El autor propone como ejemplo el caso de los seres humanos y las comunidades que optan por el suicidio individual o colectivo ante la inminencia de ser esclavizados o sometidos a unas condiciones de vida que estiman insoportables.

Puede decirse que el triángulo de la violencia de Johan Galtung brinda un contexto teórico para resignificar y actualizar la propuesta de Durkheim. Para entender este vínculo es importante abordar a ambos autores, más allá de los esquemas teóricos que encasillan sus producciones en una u otra tipología, como pensadores comprometidos con la comprensión de las problemáticas de los seres humanos de sus contextos. En esta perspectiva es posible e iluminador interrogar los cuatro tipos de suicidio propuestos por Durkheim a la luz de los tres tipos de violencia que nos aporta el triángulo de Galtung como un primer paso para comprender cómo las violencias vinculares que se derivan de los lazos sociales pueden llegar a interiorizarse y tornarse suicidógenas, lo cual no quiere decir necesariamente que su origen esté en la persona.

En virtud de ello, el propósito de este estudio es hacer un análisis documental de investigaciones recientes sobre el fenómeno del suicidio para examinar esta relación de las violencias vinculares de los contextos sociales con los cuatro tipos de suicidio desarrollados por el sociólogo francés, como un aporte de dos grandes sociólogos a la comprensión psicosocial del suicidio.

Metodología

El paradigma en el que se sitúa este estudio es interpretativo. Para el abordaje de esta propuesta se hace empleo del enfoque cualitativo de estudio documental y análisis de discurso de tipo descriptivo (Guirao et al., 2008). En la primera fase se validaron las palabras clave en el tesauro de la Unesco: suicidio (suicide), intento de suicidio (suicide attempt), suicidio consumado (completed suicide), violencia (violence), exclusión social (social exclusion) y grupo minoritario (minority groups). Si bien los conceptos de Johan Galtung “violencia estructural”, “violencia directa” y “violencia cultural” no fueron posibles de validar, en sus denominaciones literales, se emplearon dada su relación con la temática del estudio. En un segundo momento se hizo una búsqueda en la base de datos Scopus, sometiendo los artículos a la herramienta de evaluación de métodos mixtos (mixed methods appraisal tool) para juzgar su calidad (Pace et al., 2012; Hong et al., 2019).

Dicha herramienta consta de cinco categorías metodológicas: estudios cualitativos, ensayos controlados aleatorios, estudios no aleatorios, estudios cuantitativo-descriptivos y estudios mixtos, compuestas por cinco criterios de evaluación, de los cuales se decidió mantener aquellos que cumplieran con cuatro, decisión que, como aclara el instrumento, queda a libre criterio de los investigadores. En la tercera fase se realizó una síntesis de la información mediante resúmenes analíticos de lectura, que constó de un documento cuya estructura está conformada por: citación en normas APA, objetivo general, metodología, población y muestra, resultados, palabras clave, citas textuales pertinentes al objetivo de la propuesta y sumario.

Resultados

A continuación, presentamos algunos resultados relevantes de la investigación documental, que estuvo guiada por el análisis de una muestra de 59 estudios sobre el suicidio, en los que puede mostrarse ese diálogo posible entre Émile Durkheim y Johan Galtung en torno a la manera como las violencias sociales se interiorizan y con ello se tornan suicidógenas.

Suicidio egoísta y violencias estructurales

El suicidio egoísta propuesto por Durkheim (2018) se caracteriza y diferencia de los demás por un factor particular: el aislamiento. Para el sociólogo francés “el suicidio varía en razón inversa del grado de desintegración de los grupos sociales de que forma parte el individuo” (Durkheim, 2018, p. 176); es así que, en este tipo de suicidio, “el lazo que liga al hombre a la vida se afloja, y es porque el nexo que le une a la sociedad, se ha relajado, que la sociedad ha hecho de él una fuerza dispuesta al suicidio” (p. 181). Así el autor señala, con toda claridad, la relación entre el aislamiento y el suicidio. Algunos suicidios de científicos y artistas que en el momento cumbre de sus carreras se quitan la vida, corresponden a esta clase. Hay algunos casos en los que es el mismo individuo quien se aísla, incluso en contra de los esfuerzos de sus allegados por evitarlo.

La vida social muestra cotidianamente que, en toda comunidad, existen sujetos y grupos que llegan al aislamiento por vía de las violencias estructurales (Kirmayer, 2022). Algunos estudios identifican estas violencias como determinantes de las causas externas del suicidio en países de ingresos bajos y medios, e intentan definir un marco de referencia para analizarlo como un fenómeno social (Weber et al., 2020). Las investigaciones también examinan los factores socioculturales y ambientales específicos y únicos que pueden aumentar el riesgo de los grupos vulnerables a las conductas suicidas (Vijayakumar et al., 2021). Estos son los que interesan para esta primera parte de la reflexión, sujetos y grupos que, en general, pertenecen a minorías (Soto, 2017), que pueden ser territoriales (Donath et al., 2019), étnicas, sexuales (Smith & Reidy, 2021), religiosas (Lawrence et al., 2016; Poorolajal et al., 2022), ideológicas e, incluso, estéticas.

En consonancia, la migración es un fenómeno que puede constituir un factor de riesgo suicida o incrementar el riesgo preexistente ligado a otros factores. El migrante, que en su contexto de origen puede estar plenamente integrado y pertenecer a las mayorías hegemónicas de su grupo social, se pone en condición de minoría al migrar, lo que puede llevarlo a una situación de aislamiento que desencadene ideaciones y acciones autodestructivas (Montesinos et al., 2013). A esto se añade el fenómeno de la globalización, el cual ha generado que los jóvenes se muevan más entre países en búsqueda de oportunidades educativas y laborales (Lester et al., 2011). En algunas universidades prestigiosas que reciben estudiantes que provienen de otras regiones, los servicios de bienestar constatan el incremento en el riesgo suicida de dicha población, indicando que los jóvenes migrantes tienen tasas más altas de autolesiones e intentos de suicidio (Basu et al., 2022; Carmona-Parra et al., 2021).

También en los migrantes económicos que abandonan su país en busca de una fuente de trabajo se acrecienta el riesgo suicida, el cual puede ser reforzado por la concurrencia de otras violencias estructurales derivadas de factores inherentes a la migración, como las barreras lingüísticas, el acceso reducido al sistema de salud, las desventajas socioeconómicas y la discriminación (Brennecke et al., 2020). Este riesgo disminuye cuando en el territorio de origen existen poderosos lazos familiares y sociales que, en muchos casos, son el motivo y el aliciente que les permite a muchos migrantes sobrellevar las adversidades de la migración económica.

Ya en los casos extremos de los desterrados por guerras —que en algunos contextos se denominan eufemísticamente “desplazados”— (Cogoid et al., 2022) u otro tipo de violencias políticas, generan lo que Ignacio Martín Baró llama un trauma psicosocial (Carmona, 2013), cuyas consecuencias a largo plazo en un grupo humano incluyen múltiples manifestaciones de comportamientos autodestructivos, incluidos los comportamientos suicidas (Ager et al., 2021; Carmona et al., 2021). Según un estudio realizado en Colombia, de 1754 adolescentes entrevistados, el 5,3 % reportó cambio de residencia por violencia. Entre ellos, el 38,5 % vivía en la pobreza, frente al 23,6 % de los no desplazados por el conflicto. Los pensamientos suicidas y el intento de suicidio estuvieron presentes en el 19,8 % y el 9,1 % de los adolescentes desplazados, respectivamente, en comparación con el 5,8 % y el 2,1 % de los adolescentes no desplazados (Marroquín et al., 2020).

Por su parte, los refugiados se enfrentan a factores de estrés adicionales durante la salida forzada de su país y la llegada al país de acogida, como son la discriminación, la detención y las barreras lingüísticas y culturales, incluyendo pérdidas identificadas como lo son la familia, los amigos, la patria, el estatus, el contacto con la comunidad, el idioma, los activos financieros, los ingresos y la seguridad financiera (Colucci et al., 2017). Paralelamente, se han realizado distintos estudios sobre el suicidio en poblaciones de refugiados e inmigrantes, ampliando su espectro al incluir conductas como la ideación suicida, la mortalidad por suicidio, los intentos de suicidio y el plan de suicidio, además de analizar temas de género, así como inmigrantes de primera y segunda generación (Amiri, 2020), lo que permite tomar acciones más eficientes por parte de los países receptores. No obstante, hay que señalar que el carácter colectivo que suele presentar este fenómeno y su asociación con la violencia directa, favorecen el desarrollo de poderosos lazos de solidaridad y la identificación de los agentes de las violencias, lo cual disminuye el riesgo de suicidio.

El caso de las comunidades indígenas, que están expuestas a diferentes tipos de violencias en sus interacciones con otros grupos étnicos más numerosos y poderosos en lo militar y lo económico, es muy elocuente y merece un lugar especial en esta reflexión sobre la relación entre la violencia estructural y el suicidio. En la historia de la humanidad hay casos emblemáticos de pueblos que optaron por el suicidio colectivo ante la inminencia de una invasión. Este es el caso de Numancia, una población española que en el año 143 antes de la era cristiana decidió recurrir al suicidio colectivo ante el inevitable sometimiento del ejército romano (Santos de la Morena, 2020). En los estudios históricos sobre la esclavitud también aparecen con frecuencia los relatos de casos individuales y colectivos de seres humanos que prefirieron quitarse la vida antes que dejarse esclavizar. En la colonización de América por parte de los europeos, existen abundantes referencias a suicidios individuales y colectivos en las comunidades indígenas como gesto de resistencia ante la colonización (Weber et al., 2020).

En la actualidad, las tasas de suicidio en las culturas nativas minoritarias suelen ser mucho más altas que en las culturas hegemónicas mayoritarias: los pueblos indígenas en Canadá presentan tasas de suicidio tres veces más altas que la población no indígena; en los nativos hawaianos, la muerte por suicidio es un fenómeno relativamente frecuente entre los adolescentes y adultos jóvenes con mayores tasas de prevalencia en comparación con los estudiantes no nativos (Anderson, 2021; Else et al., 2007; Forte et al., 2018); y en Australia, los aborígenes tienen más probabilidades de morir por suicidio que los australianos no aborígenes (Heard et al., 2022).

En Latinoamérica, el suicidio en la población indígena es significativamente mayor que en la población no indígena (CEPAL/OPS, 2011). Por ejemplo, en la comuna de Alto Biobío en Chile, donde el 74,1 % de la población es indígena derivada de los mapuche, el suicidio es un fenómeno recurrente (Azuero et al., 2017). Así, los estudios indígenas pueden dar cuenta de la evolución de la investigación crítica sobre el suicidio que se enfoca en la resistencia a la violencia estructural (Ansloos & Peltier, 2021).

En Colombia hay un caso particular que quedó plasmado en el documental “La selva inflada” (Tapia, 26 de febrero del 2016) dirigido por Alejandro Naranjo, que trata sobre el suicidio de los adolescentes indígenas en la ciudad de Mitú, capital del departamento de Vaupés, un municipio de transición entre las llanuras de la Orinoquía y la selva amazónica, ubicada al suroriente del país sobre la frontera con Brasil. Desde la segunda década del siglo XXI, el departamento del Vaupés y su capital han estado encabezando las tasas de suicidio en Colombia y, en particular, el suicidio de adolescentes indígenas ha sido un fenómeno de tal magnitud que motivó a este joven cineasta a desplazarse con su camarógrafo a realizar un trabajo documental de 1:30 minutos sobre el tema. En algunas entrevistas el director del documental dice:

Los primeros días me sentaba en las clases con ellos, a escuchar y a verlos. En esos días me di cuenta de que había una especie de apartheid invisible y autoimpuesto, en el que la mitad del curso es indígena y la mitad del curso es “blanco”. Los que son indígenas hablan en su lengua y eso en parte termina segregándolos del resto. Además, ves que hay una brecha en el rendimiento académico de los indígenas, porque vienen de una cultura distinta, y el manejo del español es diferente. (Citado en Tapia, 26 de febrero del 2016, párr. 7)

El comentario del cineasta pone de relieve el vínculo entre la violencia estructural asociada al racismo y el aislamiento —que llama apartheid y los suicidios de los adolescentes indígenas. Incluso, el testimonio también muestra cómo la autoexclusión puede ser una respuesta de un individuo o un grupo que está bajo la presión de una violencia estructural excluyente. Dicha situación se replica en otras latitudes, como en Nepal, donde siguen produciéndose casos de discriminación por motivos de casta en las familias que se niegan a aceptar ciertos matrimonios porque temen convertirse en parias sociales. Este hecho motivó la documentación de un trágico caso en el que una joven pareja de veinte años hizo un pacto para acabar con su vida saltando desde el puente colgante más alto de Nepal. La investigación policial preliminar sugirió que su relación intercasta era el motivo de esta decisión (Atreya et al., 2017).

En cuanto al racismo, como violencia estructural asociada a ideaciones e intentos suicidas, se puede mencionar, entre otros, un estudio del Instituto McSilver de Políticas e Investigación sobre la Pobreza de la Universidad de Nueva York, que advierte que desde el 2001 las tasas de suicidio en adolescentes afroamericanos empezaron a aumentar, convirtiéndose actualmente en la tercera causa de muerte en esta población. Este tipo de datos permite señalar que la tasa de mortalidad por suicidio entre los jóvenes negros se incrementa más rápido que la de cualquier otro grupo racial o étnico del país (Coleman, 2020; Robinson et al., 2022; Rudes & Fantuzzi, 2022).

Luego, el vínculo entre las violencias estructurales ligadas al sexismo y el suicidio se puede constatar en que las tasas de suicidios consumados en las minorías sexuales son más elevadas que en los sujetos que forman parte de las mayorías heteronormativas. Hay otros grupos poblacionales que se hacen vulnerables por su género y su ocupación frente a las violencias estructurales, son las mujeres jóvenes que ejercen la prostitución en las calles. Investigaciones muestran que el comportamiento suicida tiene una prevalencia más alta entre las mujeres jóvenes dedicadas al comercio sexual que sus homólogos masculinos (Flynn et al., 2018).

Por su parte en Taiwán, en el 2018, se realizó un referéndum para examinar los factores que influyen en los intentos de suicidio entre los adultos taiwaneses lesbianas, gais, bisexuales y transexuales, encontrándose que no solo ser de esta población, sino por otros problemas estructurales como la edad, los bajos ingresos y la condición de vida, se asociaba a un mayor riesgo de intento de suicidio (Wang et al., 2022).

Los estudios hasta ahora mencionados a título de ejemplos, ayudan a arribar a una proposición genérica: las prácticas de exclusión social son expresiones de las violencias estructurales e incrementan el riesgo de suicidio en los sujetos o en los grupos sociales que las padecen. El racismo, la xenofobia, el sexismo y las diferentes formas de exclusión de los grupos minoritarios o en posición de vulnerabilidad son manifestaciones de la violencia estructural que se articulan con la tendencia de los grupos humanos a empujar al suicidio a los sujetos que pertenecen a dichos colectivos o que, por contingencias particulares, quedan en posición de minorías en un contexto vincular determinado (Posada & Carmona-Parra, 2018).

Suicidio altruista y violencias estructurales

El suicida altruista es aquel que se identifica a tal punto con la causa de un grupo que está dispuesto a dar su vida por ella. Esta tipología de suicidios tiene versiones extremas, como la de los kamikazes (Allen, 2019; Mori, 2017; Ozaki et al., 2020), quienes en la Segunda Guerra Mundial ejecutaban misiones suicidas en las que sus mismas aeronaves se convertían en misiles tripulados. Pero también existen versiones menos radicales que pueden ser más interesantes para el presente análisis, porque conectan con comportamientos suicidas en la vida cotidiana que pueden pasar desapercibidos: se trata de esas personas, particularmente abnegadas, que siempre anteponen los intereses del grupo al que pertenecen a sus necesidades propias.

Este grupo puede ser una familia, una empresa, un partido político, una comunidad y otros, en el cual el paso de la abnegación vital al comportamiento autodestructivo se produce cuando, en nombre de su amor a los otros, la abnegación, el compromiso con “la causa” o “la camiseta”, la persona empieza a descuidar su salud y a sacrificar la satisfacción de algunas de sus necesidades, como la adecuada nutrición y el descanso, o aspectos simbólicos como el reconocimiento y la autoafirmación. Lo que Durkheim planteó sobre esta segunda tipología de suicidas fue lo siguiente:

Para que la sociedad pueda obligar así a ciertos miembros suyos a matarse, es necesario que la personalidad individual se cuente por poca cosa. Para que el individuo ocupe tan poco lugar en la vida colectiva, es preciso que esté casi totalmente absorbido por el grupo y que este se halle muy fuertemente integrado. Para que las partes tengan tan poca existencia propia, es preciso que el todo forme una masa compacta y continua […] el altruista es aquel en el que el yo no se pertenece, en que se confunde con otra cosa que no es él, en que el polo de su conducta está situado fuera de él, en uno de los grupos de que forma parte. Es el que resulta de un altruismo intenso y presenta el carácter de ser llevado a cabo como un deber. (2018, pp. 186-187)

Es aquí donde Galtung (1989) aporta una diferencia que permite comprender la manera en que la violencia estructural se interioriza para llegar a producir este tipo de suicidas tan convenientes al funcionamiento de la mayoría de los grupos humanos. La violencia estructural puede ser externa o interna: la violencia estructural externa se manifiesta fundamentalmente en la represión que realizan los cuerpos de seguridad del Estado y la explotación económica legitimada por la estructura social, mientras que la violencia estructural interna dimana de la ecuación personal de cada ser humano. Esta diferencia que propone el autor es muy importante, dado que conecta el campo social con el individual y muestra cómo una persona puede llegar a agenciar violencias estructurales mortíferas, en contra de sí misma (Galtung, 1989).

Durkheim (2018) diferencia dos tipos de suicidas altruistas que se pueden asociar con la distinción de violencia estructural externa e interna de Galtung (1989). Dentro de los suicidios altruistas existen los “altruistas obligatorios”, propios de sociedades altamente religiosas o instituciones con tradiciones muy estrictas como la militar, que en ciertas circunstancias establecen el suicidio como un mandato para algunos de sus integrantes. Este es el caso de algunos pueblos primitivos que, ante el fallecimiento del marido, la viuda procedía al suicidio como un mandato de la tradición de la tribu (Durkheim, 2018).

Otro tipo de suicidio altruista no tiene ese carácter forzoso, y en consecuencia, es nombrado como “altruista facultativo”. En estos casos, el suicida opta por quitarse la vida ante una humillación sufrida, la pérdida del honor, una vergüenza radical o la culpa relacionada con una transgresión de algún precepto moral fundamental de su comunidad. Se podría afirmar que el suicidio altruista obligatorio está más ligado a la violencia estructural externa, mientras que el suicidio altruista facultativo está más conectado con la violencia estructural interna. Es decir que la moral, que es un fenómeno social, en la medida que es interiorizada y asumida como propia por un ser humano, se convierte en el vehículo para la interiorización de violencias estructurales que, en ciertas circunstancias, pueden llegar a constituir un riesgo suicida para el individuo (Abrutyn & Mueller, 2016, 2018; Graitl, 2009).

Suicidio anómico y violencias estructurales

La etimología de la palabra “anomia” remite a la ausencia de normas. El uso más generalizado que tiene este concepto en las ciencias sociales es para denominar un estado de crisis o de alteración importante del universo simbólico que sirve de base para la organización de la vida de un individuo o un grupo humano. Es decir que el estado de anomia puede sobrevenir en una sociedad como producto de una crisis que estremezca sus cimientos, pero puede sobrevenir también en un individuo, producto de un cambio abrupto del contexto en el que construye su ser y la imagen de sí mismo. Veamos las consideraciones de Durkheim (2018) en torno al suicidio anómico:

Si las crisis industriales o financieras aumentan los suicidios, no es por lo que empobrecen, puesto que las crisis de prosperidad tienen el mismo resultado; es porque son crisis, es decir perturbaciones de orden colectivo […] Cuando se producen graves reorganizaciones debidas a un inesperado movimiento de crecimiento o a un cataclismo inesperado, el ser humano se mata fácilmente. (pp. 210-211)

Por ello los grupos humanos y los individuos atrapados en medio de guerras o confrontaciones armadas que destruyen material y simbólicamente sus mundos quedan expuestos a un incremento del riesgo suicida producto de la anomia; a su vez, la violencia estructural derivada de la situación socioeconómica se convierte en otro factor que amplía o reduce dicho riesgo. En los grupos sociales de clases bajas la violencia estructural eleva el riesgo y en los grupos sociales de clases medias y altas la situación económica la disminuye (Lutter et al., 2019; Sanauddin et al., 2022). Un caso que aquí se puede considerar es la crisis de salud que la pandemia de la COVID-19 produjo en el mundo, la cual seguramente traerá como consecuencia, a mediano plazo, una elevación de las tasas de suicidio que se sumará a la tendencia creciente que traían antes de la misma (Ando & Furuichi, 2022; Brenner & Bhugra, 2020; Haase et al., 2022; Kuriala, 2021; Mamun & Griffiths, 2020).

No obstante, no hay que perder de vista que la anomia es un fenómeno que también puede afectar a un individuo o a un pequeño grupo, en virtud de un cambio súbito y más o menos radical en sus condiciones de vida y, con ellas, del universo simbólico que sirve de referente para la construcción de sus identidades. Estos cambios pueden sobrevenir por las más diversas circunstancias, como una quiebra económica que lleva a una persona o una familia a cambiar de clase social de manera repentina, pero también un éxito económico que produzca el mismo efecto. También lo pueden ser las migraciones o los internamientos en instituciones con regímenes de vida drásticamente diversos a sus referentes simbólicos de origen (Pope, 1975; Jackson & Sadler, 2022; Bearman, 1991).

Suicidio fatalista y violencias estructurales

Se trata de aquellos casos en los cuales un ser humano se quita la vida como resultado de la experiencia de encontrarse en un callejón sin salida, es decir, ante una situación que le genera un sufrimiento o un malestar tan insoportable que prefiere la muerte:

Los hombres en donde su futuro está implacablemente limitado y las pasiones violentamente comprimidas por una excesiva y opresiva disciplina, como los suicidios de los esposos demasiados jóvenes, de las mujeres casadas sin hijos, de los esclavos […] se produce allí donde las reglas a las que están sometidos los individuos son demasiado férreas para que éstos conciban la posibilidad de abandonar la situación en la que se hallan. Las sociedades esclavistas serían ejemplos de situaciones en las que se da este suicidio. (Durkheim, 2018, pp. 240 y 244)

Con ello se podría afirmar que esta tipología es la que se articula de una manera más directa con el concepto de violencia estructural de Johan Galtung. La importancia de esta tipología para el interés del análisis es que permite pensar muchos suicidios que ocurrieron durante la pandemia, la cual generó confinamientos en la mayoría de los países del mundo en el 2020, provocando que muchas familias perdieran sus medios de subsistencia (Ando & Furuichi, 2022). Las contingencias relacionadas con desastres naturales como una pandemia, la erupción de un volcán, una inundación o un huracán, siempre golpean con más severidad a individuos y grupos sociales que sufren una o varias formas de violencia estructural (Odabas & Hartarska, 2021). En estos casos, un causalismo apresurado puede atribuir el suicidio al desastre natural, pero un análisis más profundo puede mostrar que el fenómeno natural fue solamente la punta del iceberg, o el detonante que precipitó el efecto autodestructivo de una o varias formas de la violencia estructural que se encontraban latentes y que el evento natural puso a cielo abierto (Evans, 2016; Köhler & Alcock, 1976; Lester, 1991).

Discusión

El diálogo reflexivo sobre las violencias de Galtung con el abordaje que hace Durkheim del suicidio permite, en primer lugar, constatar la vigencia de las proposiciones que hizo el sociólogo francés a fines del siglo XIX. Este diálogo es un aporte sustantivo a la construcción de una perspectiva interdisciplinaria del fenómeno del suicidio que contribuye decisivamente a la despatologización de su comprensión y abordaje, pues ambos advierten que la violencia es consustancial a la vida social y en un análisis con la revisión bibliográfica hecha, se plantea en varios estudios que las tensiones, como aspiraciones frustradas, la desarticulación de los distintos grupos poblacionales o minorías dentro de las estructuras sociales, pueden llevar a los individuos a percibir sus circunstancias particulares como callejones sin salida, lo que puede resultar en suicidios como respuesta a un sufrimiento insoportable.

De igual forma, algunos otros estudios que no se incluyeron dentro de las categorías de análisis de la violencia estructural, dan cuenta de otras violencias ejercidas sobre grupos poblacionales diagnosticados con enfermedades como el sida (Farmer et al., 2006) en países pobres como Ruanda y Haití. Por un lado, al no contar con profesionales médicos preparados para manejar el fenómeno de manera estructural y por el otro, la pobreza que no les permite a estas personas recibir tratamientos médicos de calidad, generando sufrimiento y dolor al punto de pensar en el suicidio como solución.

Así, ambos autores aportan herramientas teóricas necesarias para comprender que, en todo grupo humano, existe un factor de empuje al suicidio que, en la mayoría de los casos, toma la forma de las diferentes dinámicas de exclusión y acoso de algunos grupos sobre otros. Esto lleva a plantear la urgencia de incluir determinaciones colectivas en un fenómeno que en las últimas décadas ha sido abordado fundamentalmente desde enfoques individuales. En este aspecto, distintos estudios analizados dentro de la revisión, proponen un fortalecimiento del diseño de políticas públicas que puedan abordar la violencia estructural, influyendo en el contexto normativo que la rodea, promoviendo la colaboración intersectorial y ampliando las intervenciones basadas en evidencia. Este enfoque podría representar una reducción en las tasas de suicidio, al abordar los factores de riesgo compartidos y prestar más atención a las medidas de protección dentro de las comunidades, por lo menos, en cuanto a grupos poblacionales identificados como minorías vulnerables ya mencionados dentro del estudio.

Por su parte, la tipología del suicidio egoísta propuesta por Durkheim señala con claridad el factor de riesgo suicida que entraña el aislamiento, pero es leyendo a Durkheim con Galtung que se aprecia la potencia suicidógena de las diferentes formas de exclusión asociadas a las violencias estructurales: la experiencia de la exclusión en algunos casos está asociada a grandes fenómenos sociales de violencia estructural como el clasismo, el racismo y la violencia de género, pero hay otros casos en los que este obedece a otros fenómenos contextuales, como ocurre en estudiantes de clase alta y con alto desempeño académico que se desplazan a otros países a realizar estudios superiores, donde el cambio de contexto y la migración pueden generar en ellos una experiencia de exclusión temporal que incrementa el riesgo suicida. No obstante, este riesgo, con frecuencia, suele ser contrarrestado gracias a los demás capitales simbólicos que poseen estos actores y sus grupos de pertenencia.

A esta arista histórica se suma la investigación de muchos suicidios colectivos ocurridos a lo largo del tiempo, tales como el de la población española de Numancia ante el asedio del Imperio romano, los suicidios de afrodescendientes como resistencia a la esclavitud y de indígenas como resistencia a la colonización, los cuales dejan abierta, por lo menos, una pregunta sobre la dimensión política de estos suicidios colectivos. El fenómeno de la interiorización de las violencias estructurales, propuesto por Galtung, contribuye a la construcción de una perspectiva dialéctica de la relación sujeto-sociedad y muestra la vigencia del tipo denominado altruista facultativo por Durkheim. Se trata de un fenómeno particular de agenciamiento autodestructivo de las violencias estructurales por parte de alguno o algunos sujetos. Cuando se trata de un fenómeno colectivo, estamos ante lo que Ignacio Martín Baró denomina el trauma psicosocial.

Por otro lado, la articulación de las violencias estructurales con el suicidio fatalista arroja luz sobre un tipo de suicidio que fue notorio durante la pandemia de la COVID-19: muchos seres humanos perdieron sus medios de subsistencia, lo que trajo consigo la ruptura de sus relaciones de pareja, la pérdida de su lugar en la familia y el grupo social, migraciones forzosas u otras formas de exclusión. La pérdida económica arrastró otras pérdidas significativas inmateriales e invaluables, haciendo que las víctimas se quitaran la vida. De allí que una conclusión importante de esta revisión sea la constatación del empuje social al suicidio en los seres humanos que pertenecen a minorías excluidas, lo cual puede convertirse en un principio psicosocial que puede instrumentalizarse al servicio de la prevención: todo lo que está del lado de la exclusión social está del lado del incremento en el factor de riesgo suicida, y todo lo que está del lado de la inclusión está del lado de los factores de prevención del suicidio y de la afirmación de la vida.

Conclusiones

Los dispositivos teóricos de Émile Durkheim y Johan Galtung contribuyen a iluminar los resultados de los estudios sobre el fenómeno del suicidio, incluso aquellos que no se inspiran en sus teorías, verbigracia, las investigaciones epidemiológicas que correlacionan, en una perspectiva empírico-analítica, las tasas de suicidio en un determinado contexto con la presencia de algún o algunos factores psicosociales.

El diálogo de las tres grandes categorías de Galtung con las cuatro tipologías de Durkheim en el abordaje de los estudios recientes sobre el suicidio en diferentes contextos, no solamente muestra su potencia y pertinencia para la comprensión de la manera como las violencias sociales se interiorizan y devienen suicidógenas, sino que da cuenta de la forma en que se pueden construir diálogos disciplinares e interdisciplinares, ya no bajo los esquemas que encasillan a los autores en modelos que pretenden ordenar el mundo de la producción de saber, sino en torno a problemáticas cruciales como el suicidio que se resiste a explicaciones unidisciplinares reduccionistas derivadas, por ejemplo, de la psicología individual o de la psicopatología, y reclama un abordaje interdisciplinario en el cual el aporte de los grandes sociólogos como Durkheim y Galtung permite articular un diálogo desde la sociología que ilumina el modo en que las violencias sociales se interiorizan por cuatro vías para generar comportamientos que representan un riesgo para la vida de los seres humanos, mayor aún que muchas patologías orgánicas y algunos trastornos de origen individual.

Contribución de los autores

Ana María Hincapié Zuleta: concepción, recolección de datos, análisis de datos, preparación del manuscrito, revisiones importantes de contenido intelectual y aprobación final del manuscrito.

Jaime Alberto Carmona Parra: concepción, recolección de datos, análisis de datos, preparación del manuscrito, revisiones importantes de contenido intelectual y aprobación final del manuscrito.

Conflicto de intereses

Los autores declaran la inexistencia de conflicto de intereses con institución o asociación comercial de cualquier índole.

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Notas de autores

Ana María Hincapié Zuleta

Magíster en Educación y Desarrollo Humano de la Universidad de Manizales – Cinde, instructor asociado de la Universidad de Manizales e integrante del grupo de investigación Conocimiento en Diversidad Cultural en América Latina, Universidad de Manizales, Manizales, Colombia. Contacto: ahincapiez@umanizales.edu.co, ORCID: https://orcid.org/0000-0002-7275-4413, https://scholar.google.com/citations?user=HLdyrHoAAAAJ&hl=es

Jaime Alberto Carmona Parra

Doctor en Psicología Social de la Universidad Complutense de Madrid, profesor titular y director de la maestría en psicología social de la Universidad de Manizales. Integrante del grupo de investigación Psicología del Desarrollo, Manizales, Colombia. Contacto: jcarmona@umanizales.edu.co, ORCID: https://orcid.org/0000-0001-5263-2374, https://scholar.google.es/citations?user=ZCS-pBEAAAAJ&hl=es